Archivo de la categoría: José Manuel Hernández

El vuelo de la Isla

     La Isla voló. Llevaba años acumulando certezas y ensacando las lágrimas de siglos. Reuniendo memorias desperdigadas, acompañando a las historias viejas, muriendo de cólera, de gripes para los pobres, de grilletes ferrujientos, de pelotones de fusilamientos, de sacos que se pudren en la mar. Llevaba tiempo con esa matraquilla. Volar hasta alcanzar las estrellas negadas. Desenterrando los huesos de sus hijos, embalsamando la esperanza, para que nos sobreviviera a todas, amarrando los galeones de la muerte y la codicia. Espantando el hambre dolorosa y el llanto que brota de la tierra saqueada.

     La Isla voló. Se encaramó a los riscos de Tigaiga y se lanzó al vacío liberador. Antes se armó con músicas que espantaban el olvido, con los abrazos que celebraron las victorias. Le puso  miles de nombres a sus deseos y untó su piel quebrantada con poemas anónimos, con corajes entumecidos por la larga ocupación de sus entrañas. No hubo vuelta atrás. Ya no había pasado engañoso ni memoria puteada. La Isla voló porque el largo silencio de los días se había roto, había destrozado los eslabones de la mentira y se sucedieron, una tras otra, las palabras nuevas.

     La Isla se elevó sobre los viejos cedros, surcó el cielo infinito y navegó con el alisio. Rompió con los mitos inventados y se sacudió las oraciones de la resignación. Acabó con el miedo cortante, agarrotador y renunció a sus fantasmas imaginados. La Isla voló. Libre.

La lluvia ausente

     No hay comida. Para nosotros no hay. La alacena ya se vació y no le queda, siquiera, un fisco de dignidad. Está reseca y despintada. Sus vetas se cuartean como queriendo llorar. Pero no hay agua para lágrimas. Solo le queda dolor. La alacena se muere solitaria. Pero yo no pienso perecer con ella. Los chinijos ya no juegan, apenas tienen fuerzas. El cielo azul se hizo eterno en esta isla sedienta. Otros sí comen. Nosotros ya no. Una vez más, no. Somos los invisibles, los fantasmas que se acercan hasta el puerto y se arremolinan en las sombras, esperando barco. Cualquiera que navegue desde la miseria hasta la pobreza.

     La lluvia se olvidó de nosotros y nos abandonó a nuestra suerte. Las tierras se cuartean y nos señalan el camino. Fuera. Fuera de la isla, si queremos sobrevivir. Y le hacemos caso a la tierra sabia y nos vamos, maldiciéndola, siguiendo la luz de los que se fueron antes.

     Encontraremos barco y hacinados en sus bodegas llegaremos a otra isla. Deambularemos por sus calles y sus plazas. Trabajaremos sus campos y serviremos sus mesas. Y cuando la vida se reconcilie con nosotros, cuando llueva agua y justicia, entonces volveremos a Fuerteventura.

Nota: durante los siglos XVI al XX, las islas de Lanzarote y Fuerteventura sufrieron periódicas sequías que trajeron hambre, desesperación, emigración y muerte a sus habitantes. Miles de personas murieron y otras miles se desplazaron hacia otras islas (sobre todo Gran Canaria y Tenerife), donde deambulaban por calles y plazas en busca de alimento.

El zaguán del infierno

Foto: Juantxu Rodríguez

Caminamos lento por la pista polvorienta, pues el aire revoltoso nos martiriza con miles de granos de arena rubia. Vienen con la fuerza de un fusil de asalto pero mi turbante, vanguardia de la resistencia contra este siroco indomable, aguanta los impactos como si fuera el más ardoroso de los guerreros. “Este trozo de planeta es el zaguán del infierno”, pienso, desesperado, mirando hacia abajo, acompañando el caminar tímido de mi amigo Lahcen. Sobre la arena sobresale una lata a medio oxidar. “Aceite de semillas de girasol. Ayuda humanitaria del gobierno de Italia. Conservar en lugar fresco”, dice, impreso en uno de sus lados. Estoy en la hamada, en los Campamentos de Refugiados Saharauis. Cuarenta y cinco grados a la sombra.

http://laislaquemehabita.wordpress.com/

Será por ellos

¿Por qué escribo, encaramado a esta Isla que me habita? ¿Por qué, en la monótona soledad, recalo en sus barrancos, en su mar océana? ¿Por qué ocupa mi cuerpo? ¿Por qué se hacen presentes los rostros, otrora habitados? ¿Por qué lloro? ¿Por qué, cuando su belleza se desborda, lloro? ¿Por qué cuando escucho sus lamentos? ¿Por qué cuando leo a los poetas, también penetrados por la Isla, cuando diviso a los barcos fantasmas, sin más horizonte que la socorrida esperanza?
     ¿Por qué escribo? ¿Será por la falúa que entra a puerto? ¿Será por el hombre que regresa? ¿Será por los desaparecidos? ¿Querré que vuelvan, que nos regalen su vida cercenada? ¿Será por la azada que cuida de la tierra? ¿Será por las palabras de otros? ¿Por el olor a la retama de mayo?     ¿Por qué escribo cuando me duele y cuando me agita, seductora? ¿Por qué le propongo olvidar? ¿Por qué adoro sus callados grises y su arena negra? ¿Por qué escribo y no me sale el vosotros?     ¿Por qué, cuando descubro un perenquén tengo la incontestable impresión de que pertenecemos a la misma tierra, a la misma Isla? Que ella también lo habita. ¿Será que pretendo desenredar la madeja de su identidad?     ¿Será por caminar sus veredas? ¿Por qué escribo y siempre siento la brisa fresca y la tierra húmeda? ¿Por qué un tambor marca mi ritmo? ¿Escribo porque me das la mano, para que te acompañe en esta danza vital? ¿O porque me conquistas con cada una de tus mil caras?     ¿A quién invoco cuando te nombro? ¿Será que te escribo para curarme las heridas? ¿Acaso le escribo a tus muertos? ¿O son ellos los que dictan mis palabras?     ¿Por qué escribo?     Será por ellos. Será por ella.     Será que ya no soy hombre sino Isla.

Confesión

       El padre Israel ejercía en un pueblecito polvoriento, cerca de la frontera que estaba prohibido cruzar. Era el único sacerdote en un radio de treinta kilómetros. Por eso, su único confesor era el propio Dios, nada menos que el Supremo, el que poseía todas las respuestas.

Cada vez que lo necesitaba le pedía audiencia escribiendo dios@cielo.com en su portal de internet. Pero casi nunca contestaba y el pobre Israel se quedaba sin confesión y sin poder expiar sus culpas y pecados.

Pero hoy era diferente. Necesitaba declarar algo muy importante y, por una vez en no recordaba cuánto tiempo, tuvo suerte. Dios respondió y en la confesión virtual Israel le dijo que lo amaba, que deseaba al Supremo por sobre todas las cosas.

Y Dios, en su magnánima sabiduría se hizo carne y cuerpo de mujer alta y rubia. Justo la que se aparecía, noche tras noche, en los eróticos sueños de Israel.

Miedo

Se nos metió el miedo en el cuerpo. Desde los tiempos de antes. O más bien nos lo metieron, nos lo fabricaron a medida, como una coraza bien soldada. El miedo que nos desactiva la memoria. El que alimenta a los fantasmas. El miedo al hambre. A la violencia sobre nuestros cuerpos. A la muerte. Al dolor. Al desempleo. A la justicia. El miedo al infierno, a la implacable ira de Dios.

     Para que acatasemos la ley impuesta, nos prohibieron nuestra lengua, nuestros trajes, nuestras fiestas, nuestros dioses. La espoleta de semejante bomba de amnesia fue la esclavitud, la persecución y la muerte. Para que aprendiésemos a obedecer sus leyes, nos inocularon el miedo al hambre. Porque sus leyes regulaban nuestro sustento. Violarlas era como conseguir un pasaporte al destierro, al confinamiento, al aislamiento. Se traducía en prisiones, en hogueras y en patíbulos.

     Miedo a nuestro cielo. A que no lloviera. Miedo al derecho de pernada. Miedo a los latigazos. Nos infectaron con este virus, que se reproduce en los recuerdos, en los lamentos, en las historias ocultas que todos conocen pero de las que nadie habla. Las de gentes alzadas, desafiantes, valientes. Gentes poseídas, subversivas o rebeldes. Las que no tuvieron miedo. Historias de gentes presas, de rapadas, de desaparecidas, de fusiladas, de encarceladas, de torturadas. Ejemplos para que cunda el miedo. Que se extienda hasta el último rincón de cada casa. Que se propague desde los púlpitos y desde los bandos militares. Están advertidos.

     Y así fue creciendo, como un monstruo paralizante, alimentándose de las lágrimas y la sangre del pueblo. Asustándonos para que obedeciésemos. Dejando claro en qué lado estábamos cada uno. Para que nos descubriésemos a su paso. Para estar eternamente agradecidos.

     Los conquistadores y su incipiente estado, el colonialismo, la Inquisición, los absolutismos, los fascistas, la Iglesia Católica, el capitalismo, los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, la pena de muerte, las guerras coloniales, las dictaduras, los paramilitares, las cloacas, el desempleo, los señoritos…Demasiado tiempo gobernados por el miedo.

     Ya es tiempo de sacudírselo.

Cabalgadas

     Los europeos llegaron, con sus cruces y agua bendita, con sus arcabuces, sus ballestas, sus lanzas y sus caballeros con completa armadura. También se trajeron, acompañando a los anteriores, su particular y cristiana visión del saqueo.

     Durante todo el siglo XVI montaron auténticas empresas, con sus créditos y todo, para entrar a saco en las costas del Continente y robar todo lo que se pusiese a su alcance. Especialmente apetecibles y motor de tan honorables iniciativas, era la captura, la caza de mujeres, hombres y ganado.

     Naves pertrechadas y financiadas por los mercaderes que andaban por estas tierras, y mercenarios a comisión, partieron de nuestras Islas para ejercer el noble derecho de apropiarse de lo que no era de nadie, o sea, de ningún otro reino europeo. Ese derecho le asistía a los católicos reyes y, por traspaso temporal de competencias, a sus señores de Canarias. Ellos, reyes y señores, alentaban las cabalgadas en el noroeste africano. Desde sus palacios y residencias otorgaban permisos a cambio de la quinta parte del botín.

     El triángulo de la esclavitud y el pillaje se cerraba en Sevilla, uno de los centros internacionales de transacción de mercancías, incluidos y en lugar preferente, los seres humanos.

     La triunfante y codiciosa alianza real utilizaba a Canarias como base de su pillaje asesino en África, lo que le reportaba suculentas ganancias a sus particulares arcas. Desde esa temprana fecha ya fuimos considerados como Plataforma Logística para el Norte de África.

     El 23 de abril de 2014, el Teniente General del Ejército de Tierra del Estado español y antiguo Comandante General de las fuerzas militares del Eurogrupo, propone colocar el mando militar de los EE.UU. para África en Canarias. Lo dijo en el Parlamento de Canarias, el mismo lugar en el que se sientan los representantes de un pueblo que decidió no integrarse en la OTAN, aunque nadie respetó esa decisión. Los asistentes al acto obsequiaron al ínclito militar con aplausos complacientes.

     Quinientos años después parece que el saqueo y la explotación han proclamado su firme decisión de quedarse por estas coordenadas.

A postular

 Las mujeres, ricas, postulan por los niños, pobres. Se reúnen en sociedades caritativas con nombre de virgen y acuerdan crear un comedor infantil para pobres. Para unos pocos. Así, mientras sus progenitores se parten el lomo en las fincas de sus maridos, padres y abuelos y hasta de ellas mismas, las distinguidas señoritas ofrecerán un poco de caldo a los hijos de los jornaleros, a quienes ellas, sus maridos, sus padres o sus abuelos, no les pagan lo suficiente como para alimentar a sus chinijos.

     Ellas creen que la pobreza es una desgracia y que hay que ayudar para que sea más llevadera. De suprimirla, ni hablar. No vayan a quedarse sus inmaculadas almas sin entretenimiento.

     También ellas, ricas de cuna, damas de la alta sociedad, saben replegarse. Cuando los pobres pasan a la ofensiva y pelean para dejar de ser pobres, entonces, ellas, dejan de postular. Dejan de pedir y se disponen a combatir tamaña osadía. Para seguir pidiendo, las cosas tenían que seguir siendo.

     Entonces solo van a misa. Escuchan al cura, encaramado en el púlpito acusador, vociferar contra los anticristos, los antiespaña. O sea, contra los pobres que reniegan de la resignación.

     Y para que todo fuera como debiera ser, sus maridos, sus padres y sus abuelos se calan las bayonetas y se proponen extirpar el mal de raíz.

     Cuando se declaran triunfantes, ellas vuelven alegres, ciegas ante el dolor, a postular.

Lucha

 Los pies se plantan, firmes, en la arena. Parecen inamovibles. “Ni que hubieran echado raíces”, pienso mientras veo a esos hombres que parecen sostener el cielo con sus espaldas. Imagino cómo serán esas raíces que bajan y se expanden. Que van nutriéndose de la memoria y de la fuerza de miles de luchadores que en ella habitan. Que descienden hasta lo más antiguo y allí, también, hay dos hombres luchando. Recorren los terreros y tienden la mano a los caídos. Y ven a los héroes del pueblo. A los más poderosos. A los más hábiles. A los mejores estrategas.

     Las raíces son lo importante. El puntal lo sabe y por eso él también las imagina y las hace crecer. Robustas. Es la mejor manera de aferrarse a la tierra. Para que no te tumben.

     Y cuando las raíces ya son vigorosas, como las de un pino viejo, entonces y solo entonces, los músculos se tensan como una ballesta asesina. El Universo se calla. La energía se concentra. Comienza la agarrada. La explosión de la memoria.