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Al hilo de otras reflexiones sobre el coronavirus: ¡ES HORA DE LA RBis!

“Comedores que reparten comida para toda la semana a los sin techo para paliar el contagio”. Noticias de este tipo y aún peor, continuamos escuchando a lo largo de estos días “de coronavirus”. Frente a estas noticias, quienes apostamos, creemos y defendemos la Renta Básica de las Iguales, (RBis), nos llenamos de razones para realizar la defensa de esta herramienta; y es que esta sociedad y la sociedad del futuro requiere, nos exige y debemos empeñarnos en un cambio fundamental de modelo de vivir; pasar DE LA CENTRALIDAD DEL EMPLEO (de la economía, del mercado, del productivismo,…) A LA CENTRALIDAD DE LA VIDA.

Llegan tiempos extremos y de alarma social, política y económica como los que vivimos y parece que nada de lo que tenemos nos vale para dar respuesta digna a las personas empobrecidas, a la precariedad, y si se me apura, a las necesidades básicas que la sociedad en general necesita para sentir en más hondo sentido de su humanidad.

¡Tantos recursos, tanta riqueza, tantos medios que durante toda una época nos ha embaucado, y no somos capaces de dar una respuesta humana, digna y adecuada de manera generalizada a la vida de todas las personas! Hoy, nos encontramos en un callejón sin salida, sin respuestas y sin apuestas.

Me llena de ánimo y de impulso esta reflexión que recojo de Rosa Zafra en la pag. 8 de la segunda edición del libro “Renta Básica de las Iguales y Feminismos”. “Recomponer esta sociedad desde las cenizas del patriarcado siempre pasará por entender la necesidad de que los recursos materiales y afectivos se repartan por igual entre hombres y mujeres, para ello ¿qué mejor que una herramienta que mine el sistema a fuerza de negar las necesidades de hoy? ¿qué mejor que una RBis para cuestionar el empleo, la jerarquización social en función del mismo? Si la RBis además sirve para dejar de hablar de riqueza (la otra cara de la explotación, opresión y pobreza) ¿por qué no seguir indagando haciendo crecer la reflexión y el sueño?”.

Pongamos todo el contenido de esta reflexión de manera sosegada en medio del miedo y la incredulidad con la que la ciudadanía, en su mayoría, vive el momento de estos días. Multipliquemos este pensamiento con otro del mismo libro, en la pág.15. Yayo Herrero, expone en el prólogo; “Estamos atravesando una profunda involución ecológica, social, económica y política. El modelo de producción, distribución y consumo que hoy se encuentra en crisis y que se intenta desesperadamente volver a poner en pie se ha desarrollado en oposición a las bases materiales que sostienen la vida humana. Construida sobre cimientos insostenibles, la arquitectura de las sociedades heteropatriarcales y capitalistas pone en riesgo los equilibrios ecológicos que permiten la vida humana (y la de otras especies), dificulta las relaciones de interdependencia que nos sostienen como humanidad y amenaza con provocar un verdadero colapso antropológico”.

Tocamos de esta manera la hondura de la vida que parece que se nos escapa o se nos complica o que no hemos cuidado en responsabilidad; no la hemos puesto en el centro.

José Luis Segovia, escribe en estos días en un contexto confesional que comparto totalmente, algunas reflexiones que entresaco; “ha bastado un virus para que nuestras agendas y prioridades vayan cayendo como un castillo de naipes”; o, “se nos había hecho familiar la muletilla de que no estábamos ante una época de cambios, sino ante un cambio de época, Pero no nos lo acabamos de tomar en serio”; o, “de repente, a lo bruto, sin pretenderlo nos toca dar el sí de pecho y testimoniar”.

El cómo apostar y hacer posible mucho de todo esto resulta hasta fácil decirlo, la vida de las personas y cada una de las personas en todos sus derechos, y la apuesta comunitaria que posibilita los cuidados necesarios, están reclamando con urgencia otra manera de organizar y disfrutar de nuestras vidas.

Mientras escribo estas líneas los signos más visibles del capitalismo en la llamada para seguir ofreciendo los mismos servicios para este momento, los del banco Santander y los de Laboral Kutxa o los de Mapfre, como otros muchos que repiquetean en nuestros móviles, vuelven a ser más de lo que no nos ha servido ni nos sirve para lo que necesitamos en el camino hacia un nuevo modelo radicalmente distinto de ser y de vivir.

En estos días, hoy mismo, Instituciones públicas como la Junta de Castilla y León nos han reclamado solidaridad y ayuda a quienes somos simples ciudadanos o ciudadanas o a quienes con mucho esfuerzo hemos logrado organizarnos en algunos de los aspectos a cuidar en nuestras vidas; y lo vamos a hacer, ¡sólo faltaba si podemos!; pero tenemos que aprender tal como nos dicen los compañeros y compañeras de Asturias en el reciente estudio sobre rentas básicas de las personas iguales en su Comunidad Autónoma y en el mismo prólogo; que herramientas como las RBis , sirven “nada más ni nada menos que para sostenernos. Para acceder a la vivienda y poder mantenerla, garantizar la alimentación saludable, disponer de los suministros necesarios, cuidar nuestra salud integral y la de las personas más vulnerables. Para poder relacionarnos, aprender de y con otras, para sentirnos acompañadas, para fortalecernos como comunidad. Para la lucha por los derechos sociales, que en definitiva es la lucha por poner las necesidades humanas y la vida en el centro”.

Creo que éste y no otro, debe ser nuestro paradigma y camino, nuestra propuesta para encuentros humanos distintos, para relaciones distintas, para apuestas nuevas en tiempos nuevos, para poner sensibilidad donde el avance económico, social y político no ha puesto más que frialdad, miedo en muchos momentos, dominio, control y hasta dolor y represión.

Esta apuesta nada fácil y probablemente utópica, (pero la utopía no da miedo), también hoy, en medio de estas situaciones sin salida, requiere estudiarla, compartirla, quererla y amarla personal y comunitariamente, para que no sea una fórmula más, y sí una herramienta, como puedan ser otras muchas, imprescindibles y prioritarias en “tiempos de coronavirus” y mucho más.

El silencio de los culpables.

Es una historia más, programada y consentida, de las que suceden en  tantos barrios del estado español. Es la consecuencia de haber utilizado y de continuar utilizando, sin escrúpulo, un espacio físico y social de convivencia y relaciones urbano para un negocio asesino. Es una realidad evidente más de cómo se admite por consenso que un espacio físico sirva para conexionar un negocio programado. Es una realidad más de cómo un colectivo de personas es utilizado para el lucro, para la destrucción programada y para la criminalización más despiadada. Es una herramienta más que el propio capitalismo y quienes se someten a él de manera servil y vergonzosa, van permitiendo aún a sabiendas del sufrimiento de su población más implicada.

Así vivimos la población salmantina desde hace más de treinta años la sospecha y la realidad de cuanto se intenta esconder, obviar o silenciar en el barrio de Buenos Aires.

Lo intenta esconder y silenciar el propio Ayuntamiento y su Gobierno Municipal; éste y cuantos han pasado a lo largo de casi treinta y cinco años; la Subdelegación de Gobierno con cualquiera de las policías de hoy y de  hace este puñado de años; o la Junta de Castilla y León, propietaria de las viviendas sociales, que se ha escondido siempre detrás de la dejación de responsabilidades en el seguimiento, control  y cuidado de estos bloques de viviendas permitiendo irregularidades inadmisibles aún a sabiendas de su ilegalidad. Nos cuesta creer que no haya habido intencionalidad. Se “lavan las manos” jueces y abogados en nombre de la ley, o se lucran sin ningún remordimiento mafias, empresas o empresarios que blanquean y sostienen este negocio criminal.

Y, mientras, los vecinos y vecinas, los hombres y mujeres de buena voluntad, que muchos de ellos pusieron toda su ilusión, esperanza y recursos económicos en el disfrute justo de estas viviendas, se les condena a sufrir esta injusta situación, hasta el extremo, en muchos casos, de tener que abandonar su casa porque la vida les resulta imposible de vivir y disfrutar.

Es un barrio pequeño, apenas 350 viviendas, con un máximo de población de mil quinientas personas. Hoy, no llegamos al millar de habitantes. ¡Y no podemos convivir! ¡Y no podemos tener la mejor de las relaciones! Ninguna en muchos casos. Se hacen imposibles.

La denuncia ha sido permanente por parte de una realidad amplia de vecinos y vecinas a través de los colectivos sociales del propio barrio. Hemos intentado dar visibilidad al problema que cada día iba teniendo más visos de permisividad y de toma de decisiones   imposibles por falta de voluntad. Las propuestas las hemos exigido con más o menos voz, pero con una claridad meridiana, y en la mayoría de las veces el miedo y la indecisión han sido los signos con los que mejor han expresado su silencio los más culpables.

A los propios vecinos y vecinas que han dado la cara con mayor valentía y responsabilidad se les ha criminalizado, se les ha abandonado y dejado tirados; incluso sufriendo las consecuencias de hechos de connivencia evidente de los poderes implicados con quienes se prestan al negocio del narcotráfico, así como las consecuencias peligrosas y más inadmisibles para algunos de estos vecinos y vecinas que han tenido que optar por cuidar, ante todo, sus vidas.

¡Siempre se han dado largas a la situación! ¡Siempre ha habido mucho miedo aparente a tomar decisiones! Siempre parecía que era la última y definitiva; pero siempre ha resultado lo mismo, ni decisiones de erradicación del problema de las drogas, ni claridad para tomar medidas frente al empobrecimiento generado o la criminalización señalada,  ni medidas para recuperar el derecho de los ciudadanos y ciudadanas de este y otros barrios a ser protagonistas de sus vidas y disfrutar con ello.

Hasta ha habido algún alcalde de triste y vergonzoso e indignante recuerdo que nos invitaba a callar y no dar visibilidad, pues quería convencernos de que éramos nosotros mismos quienes agravábamos el problema con la actitud decidida de continuar dando visibilidad.

Y en medio de más de veinticinco años de lucha, de denuncia y de propuesta, mucho dolor y mucha aparente inutilidad. Víctimas casi todos y todas con seis generaciones de familias dedicadas al negocio del narcotráfico; con la triste realidad de un gueto surgido y cada vez más aumentado y mayoritario que como todo gueto no genera ninguna esperanza y sí mucha impotencia; un buen puñado de familias, que rotas sus ilusiones de haber encontrado un trozo de espacio para protagonizar sus vidas, deciden abandonar su normalización y tiran la toalla, abandonan su vivienda y deciden marchar hacia otro lugar; personas, que como más visibles, somos señaladas de manera reiterada hasta extremos inadmisibles e intolerables con amenazas y acoso siempre intolerable en una sociedad para la vida y el hacer comunitario.

Y, en este momento, cuando parece que se toman decisiones, tardías por supuesto, por parte Institucional, y como consecuencia de las peticiones y propuestas vecinales, esperamos que no se hagan realidad nuestras sospechas de que se quieran cargar sobre los hombros de estos vecinos y vecinas, muy hartos por cierto,  las difíciles decisiones que hace muchos años debieran haber tomado responsablemente y de manera conjunta todas las instituciones, únicas responsables de cuanto en estos momentos es una amenaza muy dolorosa.

Los vecinos y vecinas de buena voluntad hemos visibilizado un problema consecuencia de la responsabilidad que asumimos, pero las decisiones y medidas a tomar son únicamente responsabilidad de las instituciones que han ido prolongando con silencio y huída hacia adelante y quién sabe si en algunos momentos connivencia,  las decisiones que les corresponden.

¿Quién ha luchado más y con mayor decisión que los propios vecinos y vecinas? ¡Nadie! Hemos permanecido; continuamos en la tarea, nos gustaría seguir ensayando y luchando por alternativas comunitarias en las que creemos para el cuidado de las personas en barrios, pero, de otras maneras; alternativas comunitarias basadas en el cuidado innegociable de las personas y de todas las personas, en la defensa de los derechos básicos de todas las personas y para todas las personas; pero, todo ello requiere, primero, voluntad firme de otras decisiones que no están en nuestras manos. ¿Las tomarán de una vez por todas y de la manera más adecuada? Somos conscientes de que es necesario posibilitar otras condiciones de barrio.

No aguantamos más su silencio culpable. Estamos esperando que pongan en juego su responsabilidad con el lenguaje valiente de los hechos.

CÁRCEL: Represión y empobrecimiento

Muchas de las personas que por diversos motivos se mueven en torno al mundo de las cárceles actuales, han expresado frases como ésta: “en las cárceles españolas hay sobre todo personas pobres y enfermas”.

Y les asiste toda la razón. No solamente porque como dicen los datos, que más del ochenta por ciento de las personas privadas de libertad provengan de contextos de pobreza o desestructuración, sino porque se les ha criminalizado su pobreza o se ha obviado en ellas, en muchos casos,  su enfermedad mental, crónica o proveniente de largos procesos de hábitos de consumo.

 Miradas así las cárceles, no podemos hablar de otra causa a esta realidad,  que el caos social del mundo en el que vivimos y especialmente el español. Un mundo dividido por el enriquecimiento desmedido y por el empobrecimiento vergonzoso. Dos situaciones que caminan en paralelo, que se sostienen como inevitables, que se padecen con indignación y se sitúan en la mayor profundidad de la injusticia social.

 Llegados aquí, probablemente hay que decir que solamente hay un camino para afrontar estas situaciones; el del pacto social que incluya la participación de todos y de todas; la de los enriquecidos y la de los empobrecidos; la de los que sufren la represión y la de los que utilizan las medidas represivas para sostenerse en el pedestal del poder.

 La cárcel, su injusta realidad y existencia pone en cuestión aparentes verdades en las que se asienta. Esta no es igual para todas las personas. Los  delitos no son perseguidos y sancionados de igual manera. No es el sistema más justo y civilizado para solucionar los conflictos. La cárcel no siempre ha existido y deberá continuar existiendo. La cárcel no puede continuar justificando que si la mayoría de las personas que hay en ellas son pobres, eso significa que los pobres son los delincuentes. Cuántos mitos de este talante se utilizan hoy y se han utilizado sin tener en cuenta que, por ejemplo, los grandes delitos contra la humanidad no han sido los pobres quienes los han cometido y continuamos, sin embargo, impotentes e impasibles, en muchos casos, ante ellos.

 Todo cuanto rodea la cárcel es muy oscuro; es como un espacio cerrado en el que la violencia se hace demasiado presente. ¿Cómo hemos podido vivir en un año con extraña insensibilidad e ignorancia tanta muerte y dolor como el que ha ocurrido en cárceles como la de Topas? Suicidios, agresiones mortales, han pasado extraordinariamente desapercibidas para una sociedad como la nuestra que pide represión y cárcel sin sentido para quien se nos antoja que debe dejar de ser delincuente.

Las personas empobrecidas y enfermas forman parte del segundo gran colectivo de las cárceles del estado español. Esta situación que avanza sin que nadie la frene, es signo evidente de la criminalización y represión del empobrecimiento. Para los que tendría que haber un trato especial respetando su derecho a la salud, no hay más que abandono y reclusión, agresividad y violencia. No cabe otro camino que la denuncia insistente a la sociedad y a los propios mecanismos del estado.

 El castigo se toma como la norma suprema y no es necesario analizar porqué. El castigo por el castigo en todo el proceso aparece como la única medida para ofrecer justicia al que se juzga como culpable. La cárcel está legitimada socialmente para ser instrumento de sufrimiento. Ya no se puede sostener en este tiempo que las cárceles continúen siendo instituciones diseñadas para sostener enfermedades que se agravan, o que se producen o reproducen. Y casi siempre en los más pobres. ¡Qué casualidad!.

 Las cárceles responden, en gran medida, a las exigencias que hacemos la sociedad  para pedir medidas drásticas en seguridad ciudadana; nos indignamos ante el caos social y aparecen con demagogia, en muchos casos extrema, medidas que no van a la raíz de los problemas y que, por lo tanto, producen inutilidad y responden más a la necesidad de control por parte del modelo de sociedad que nos envuelve, que a la voluntad real de solucionar los conflictos. Y en esta situación siempre pierden los empobrecidos.

¿No será que la cárcel responde a ser una estructura política para legitimar, organizar y controlar, como algunos han planteado muy convencidos, la vida social? ¿Dónde quedan las personas a quienes todo Estado se debe sobre todo?