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A postular

 Las mujeres, ricas, postulan por los niños, pobres. Se reúnen en sociedades caritativas con nombre de virgen y acuerdan crear un comedor infantil para pobres. Para unos pocos. Así, mientras sus progenitores se parten el lomo en las fincas de sus maridos, padres y abuelos y hasta de ellas mismas, las distinguidas señoritas ofrecerán un poco de caldo a los hijos de los jornaleros, a quienes ellas, sus maridos, sus padres o sus abuelos, no les pagan lo suficiente como para alimentar a sus chinijos.

     Ellas creen que la pobreza es una desgracia y que hay que ayudar para que sea más llevadera. De suprimirla, ni hablar. No vayan a quedarse sus inmaculadas almas sin entretenimiento.

     También ellas, ricas de cuna, damas de la alta sociedad, saben replegarse. Cuando los pobres pasan a la ofensiva y pelean para dejar de ser pobres, entonces, ellas, dejan de postular. Dejan de pedir y se disponen a combatir tamaña osadía. Para seguir pidiendo, las cosas tenían que seguir siendo.

     Entonces solo van a misa. Escuchan al cura, encaramado en el púlpito acusador, vociferar contra los anticristos, los antiespaña. O sea, contra los pobres que reniegan de la resignación.

     Y para que todo fuera como debiera ser, sus maridos, sus padres y sus abuelos se calan las bayonetas y se proponen extirpar el mal de raíz.

     Cuando se declaran triunfantes, ellas vuelven alegres, ciegas ante el dolor, a postular.

Lucha

 Los pies se plantan, firmes, en la arena. Parecen inamovibles. “Ni que hubieran echado raíces”, pienso mientras veo a esos hombres que parecen sostener el cielo con sus espaldas. Imagino cómo serán esas raíces que bajan y se expanden. Que van nutriéndose de la memoria y de la fuerza de miles de luchadores que en ella habitan. Que descienden hasta lo más antiguo y allí, también, hay dos hombres luchando. Recorren los terreros y tienden la mano a los caídos. Y ven a los héroes del pueblo. A los más poderosos. A los más hábiles. A los mejores estrategas.

     Las raíces son lo importante. El puntal lo sabe y por eso él también las imagina y las hace crecer. Robustas. Es la mejor manera de aferrarse a la tierra. Para que no te tumben.

     Y cuando las raíces ya son vigorosas, como las de un pino viejo, entonces y solo entonces, los músculos se tensan como una ballesta asesina. El Universo se calla. La energía se concentra. Comienza la agarrada. La explosión de la memoria.

Maldiciones

Mis compañeros de todo el continente africano. Tengo una pregunta. Una pregunta que sigue obsesionándome. ¿Es la revolución como algunos árboles, cuyas ramas solo crecerán si las riegas?_______________________________________________________________________

     Yo los maldigo. 22 millones de veces divididas en trimestres. Para que la maldición sea más profunda, más hiriente. Los maldigo por mentirosos, por embaucadores, por llevar guantes blancos. Por saqueadores. Los maldigo por arruinarnos la sonrisa. Por instalar la indignación en nuestras gargantas. Por inducirnos al suicidio. Por asesinarnos la esperanza. Por la cruz y por la espada. Por la resignación y la muerte. Por sus monarcas y sus reinas y sus príncipes y sus herederos y por toda la parasitaria pandilla de lobos aristócratas con pieles de cordero. Maldigo sus voces, sus periódicos, sus radios y sus televisiones. Maldigo sus oídos sordos y sus cuerpos de ultravioleta y silicona. Maldigo sus cuentas corrientes manchadas de sangre y sus tintes en el pelo. Maldigo sus ejércitos y sus iglesias, sus armas mortales y sus crucifijos de la caridad, de la rendición, de la obediencia, de la intolerancia. Maldigo sus actas y sus privilegios, sus sobres y sus apuntes contables, su impunidad y su manipulación. Maldigo sus cárceles para pobres y su justicia para ricos. Maldigo sus relojes de oro, sus cuentas en Suiza, su flota de coches, sus mansiones, sus cacerías… Maldigo a sus perros guardianes, a sus lacayos, a sus mercenarios del orden público. Y a sus porras, a sus gases lacrimógenos, sus pelotas de goma y sus pistolas. Maldigo su chulería y su desprecio. Maldigo su apología de la estupidez, su cinismo, su avaricia. Les escupo mi rechazo, mi aborrecimiento, mi desprecio. Les maldigo a ustedes, a sus cómplices, a sus sostenidos, a sus asesores, a sus directores generales, a las empresas que los alimentan, a los sembradores de esclavitud, a sus máquinas de regreso al pasado. Les maldigo, señorías, excelentísimos señores, ilustrísimos, majestades soberanas, altezas y reverendísimos. Les maldigo porque siembran tristeza, desesperanza y odio. Todo les vale. Por la pasta, el glamour, el poder, el foco de la televisión aduladora, los restaurantes de veinte tenedores de plata, el jet privado, los gemelos de diamantes, las perlas salvajes, los gastos de manutención y desplazamiento, las fiestas en sus chalets de la playa. Maldigo los indultos a sus colegas, los rescates a sus banqueros y los recortes a nuestras vidas.

     Yo los maldigo. A ustedes y a su sistema. Veintidós millones de veces. Y les aviso. Aquí abajo, en la arena de la rebeldía ya plantamos un árbol. Va a crecer fuerte porque lo estamos regando con nuestro sudor, con nuestras lágrimas. No se molesten en intentar talarlo. Lo escoltan un batallón de mineros. Nosotros y nosotras estamos saliendo. Vamos pallá.