Vie. Dic 2nd, 2022

Fotografía de Lili Ana Ramos

Pablo Estévez Hernández, 2022

Cuando se examina una palma, con ojos de naturalista, es cuando se echa de ver la particular atención que merece.

José de Viera y Clavijo

Sobre finales de agosto llegaban noticias de que las activistas en las obras del proyecto turístico Cuna del Alma (oportuna y tempranamente rebautizado Tumba del Alma) no sólo habían parado una pala mecánica, acampando en ella y en las inmediaciones, sino que además habían puesto sus cuerpos delante de cardones y tajinastes protegidos. Entre las plantas señaladas y amenazadas por las palas, que ya han levantado varios metros de tierra de camino hacia el Puertito de Armeñime, están también la orijama, el cardoncillo y la viborina triste (que no escapa la tristeza ni en su nombre científico). También hay animales en peligro, como el alcaudón real y la bisbita, dos pajaritos chinijos. Las especies están dibujadas junto a tortugas y otros bichos del lugar y fueron colocadas en la pala detenida, donde en lo más alto relucía una bandera con el único símbolo de un cardonal.

Al poco apareció en prensa que la promotora del proyecto omitió “en su memoria ambiental una planta protegida”[1].

¡Ups!

Sin embargo la naturaleza, sea lo que sea eso, y la sostenibilidad, sea lo que sea eso otro, son punta de lanza de este ecocidio que representa una parte chica de un ecocidio mayor y más duradero en todo el Archipiélago. Este en concreto es un proyecto con capital belga que tiene a toda la clase política subida a las palas (y parece como si en cualquier momento esto fuera a dejar de ser metáfora).

El capital belga se pasea en jeep por el barranco donde se han plantado algunas palmeras como atrezo natural del proyecto. Un amigo al que mantengo anónimo me mandó una foto:

Mi amigo llama mi atención sobre el hecho de que esas ni siquiera son palmeras canarias (Phoenix canariensis), sino una variante americana, Roystonea. Así apareció la palmera en medio del conflicto, entre activistas, plantas endémicas, palas mecánicas, agentes de seguridad, políticos y empresarios belgas. Enfilando una avenida que parece evocar parajes prototípicos de Hollywood, las palmeras parecen de todo menos inocentes cuando luego constatas la montaña de cardones amontonados por las palas, como si fuera una masa informe de cuerpos y partes de cuerpos tras una matanza.

Esas plantas no son inocentes (como no lo creo que lo sea nadie en este conflicto abierto en torno al turismo y la naturaleza); son responsables de cierta carga en cuanto aparecen en el diseño utópico de la fantasía turística, como las imágenes de promoción[2] de Tumba del Alma.

Más de lo mismo pasa con la esterlicia (Strelitzia reginae) o las distintas flores ornamentales que se producen masivamente en invernaderos y otros lugares de toda la isla con el fin de decorar hoteles y complejos turísticos (tengo un recuerdo de la belleza inquietante de un campo de flores a las que les ponían bombillas por las noches para acelerar su proceso). La palmera americana desvela los deseos de transformar el territorio para la mirada del turismo… Y ¿qué pasará con las gentes que habitamos esos territorios? ¿Acaso no nos convertimos también en palmeras Roystonea?

No es un disparate cuando aprendes que cada día nos transformamos también en Palma africana, cuyos componentes se la pasan entrando y circulando nuestro cuerpo y también por algunos mecanismos clave de nuestra cotidianidad moderna. El aceite de palma que se saca de la Palma africana ya ha duplicado su producción desde principios de milenio. Plantar la palma para conseguir el aceite ha costado incontables vidas (porque los estados cómplices reniegan de registrar y aceptar los hechos). También es un ecocidio que ha destrozado la vida campesina y otros cultivos en países como Colombia. El aceite de palma se ha colado con esta violencia (incluso violencia paramilitar) en la mitad de los productos empaquetados de nuestro supermercado más cercano. También está (en proporciones mayores nos dicen) en nuestros coches, como promesa para acabar con la era del petróleo (España destina el 92% de lo que importa en aceite de palma a este fin[3]). Pero como ahora sabemos, el “bio” del biodiesel es un falso “Sir” que no sólo esconde lo que contamina, sino toda la violencia de su producción.

Así que el aceite de palma, de la Palma africana, se ha convertido en “el elixir de donde emergen todas las formas de ser, el sublime metamórfico, el sueño alquimista”[4] por excelencia. Somos ya Palma africana lo mismo que nos transforman en Roystonea. Esto pudiera ser un paralelismo burdo y desenfocado; de palmera a palmera hay paramilitares en medio y un terror que acompaña profundamente al biodiesel.

Pero lo que no se puede es separar a las palmeras de la violencia, tome la forma que tome. Aquí, en Canarias, este vínculo está sellado a fuego en la historia. El cronista Escudero dijo: “Tenían los Reyes [indígenas] casas de recreo y bosques, porque toda la isla [Gran Canaria] era un jardín, toda poblada de palmas, porque de un lugar que llaman Tamarasaite quitamos más de sesenta mil palmitos”.

Y cuando, según el historiador Marín de Cubas, los indígenas canarios desterrados llegaron a Sevilla, un soldado le dijo a un pibe: “Es muy buena Canaria, linda tierra”. El indígena responde: “Ahora dicen que es buena cuando tú y otros ladrones como tú la habéis destruido y quitado todas las palmas”.

Destruir las palmeras fue así una estrategia en aquella guerra total que fue la Conquista: un ecocidio planificado para lograr el genocidio y el etnocidio. Y dice el cronista Ovetense: “…acordaron de talarle los panes y [las] higueras a los canarios, lo cual sintieron a par de muerte”.

A par de muerte…

Hay que prestar atención a cómo presenta el historiador ilustrado Viera y Clavijo, en su Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias, a las palmas que relucen en una pintura de Fuerteventura al poco de acabar la invasión normanda, casi que pareciendo un ejército propio, diferente al indígena y al conquistador europeo: “expresando que las dichas palmas estaban colocadas en distintos cuadros y grupos y pelotones, entre las cuales había uno de ciento veinte, todas de más de veinte brazas de alto”. Cuadros, grupos, pelotones… Casi las imagino como un grupo de vietnamitas del norte en Platoon, moviéndose con sus tácticas guerrilleras.

La memoria de las palmeras es, sin embargo, inmensa. Posiblemente hasta conecta la Canarias precolonial con un lazo yoruba, en cuya cosmogonía se creó a los hombres y mujeres tras una borrachera de vino de palma. Marín recuerda que hacían vino de “agua de palma” en Gran Canaria, llamado tacerquen. Escudero dice que en Tenerife lo llamaban cuche[5].  

En la película Guarapo (1989), la novia de Guarapo le dice a Guarapo: “Guarapo, trae el Guarapo” y se ríe. Guarapo comprime también la historia de Canarias, la de sobrevivir a desigualdades históricas y desplazarse por el mar en busca de algo mejor… Somos guarapo.

En el mundo de ciencia ficción de Dune, el planeta árido dominado por colonizadores foráneos, las palmeras son seres sagrados. En un artículo sobre la última película basada en esta ficción (2021) se dice lo siguiente de una escena que esconde un punto clave: “El joven hijo del duque Leto encuentra un amplio patio con varias palmeras, y al sirviente que las atiende una por una. No son una especie autóctona, han sido trasplantadas, y se alzan en medio de la arena como una obscenidad invasora. ‘Cada una de ellas bebe al día el equivalente de cinco hombres’, le explica el criado a Paul. ‘Veinte palmeras. Cien vidas’”. Paul pregunta: “¿No deberíamos quitarlas y ahorrar el agua?” La respuesta es, sencillamente, que las palmeras son sagradas… El articulista entonces dice: “La religión y el capitalismo se entrelazan en ese gesto de arrogancia evangelizadora y displicente. Porque los privilegiados de Arrakis [el planeta Dune] se permiten soñar con lo que el planeta puede llegar a ser, aunque eso rompa el delicado equilibrio ecológico sobre el que se sustentan los nativos”[6]. ¿No parece esto una metáfora distante de Tumba del Alma?

Georges Bataille dice, en referencia a las flores, de las que pronto diremos más, que: “Todas esas cosas bellas, ¿no correrían el riesgo de verse reducidas a una extraña puesta en escena destinada a consumar los sacrilegios más impuros?”[7] Piénsese ahora nuevamente en el turismo y en sus proyectos, incluso prematuramente estéticos, como Tumba del Alma.

Mi amiga Silvia me enseñó un vídeo que montó para enseñar el proceso del guarapo. Me lo dejo ver con el orgullo de haber documentado algo importante para la historia y la cultura. Me encantaría saber sacar guarapo. Y que me pidan que vaya a buscarlo…

El guarapo es un licor que se saca de la savia de la palmera canaria, de la que luego se hace la miel de palma. Es posible que en tiempos precoloniales el guarapo fuera no sólo alimento, sino también medicina. Somos guarapo. Somos palmeras. Somos esa violencia y esa esperanza.

Claro que también somos cardones. Y por eso ahora somos cuerpos cubriendo cardones contra aquellas palmeras. Porque entendemos la historia de esa violencia.  

Los cardones también dieron alimento, medicina y refugio. Con una cremita hecha de leche de cardón y miel de abeja se curó una úlcera en el sur de Tenerife. Según Viera y Clavijo, “Para recoger esta leche es necesario cubrirse el rostro, pues su vapor y su tufo ocasionan escoriaciones y ronchas”. Y en Buenavista la gente refugiada durante la Guerra Civil se escondía en un cardón gigante que allí había. Mi amiga Daniasa me contó esta historia y a mí me dio por dibujarla a ella en un cardonal tiempo después.

En la isla hay plantaciones de flores abandonadas: naturaleza ordenada comida por naturaleza desordenada… plásticos derritiéndose que son como flores marchitas al sol. Miles de maceteros, recintos individuales para plantas, dispersos como destrozadas incubadoras para bebés prematuros… También hay hoteles en ruinas con árboles de plástico. En la isla, siquiera así, se siguen “produciendo” flores en masa para hoteles que también se construyen en masa, como Tumba del Alma y sus mono-habitáculos con piscina y jardín. ¡En las ruinas de las oficinas del jardín que produce jardines para hoteles hay fotos de los hoteles y apartamentos con sus jardines!

¿No es obvia la resonancia? El “lenguaje de las flores”, según Bataille, tiene que ver con la muerte de las flores, o, más que la muerte, con la “florescencia”, in bloom; con esa explosión de colores y olores que culmina con la flor marchita. Esa conjunción Bataille la ve siempre como gasto improductivo, o como consumación anti-utilitaria, como exceso (el lenguaje de las flores celebra la vida y va hacia el erotismo y la muerte). Por lo que yo entiendo, el autor no ve funcionalidad (ni siquiera de atracción sexual) en las flores, tan sólo el exceso de su propia exuberancia. Un exceso de consumo[8]. Traducido al turismo, este exceso nos da la basura y el derroche peligroso de agua en este territorio frágil. El lenguaje de las flores nos da el lenguaje del turismo. ¿Por eso aquel logo promocional de Canarias con la esterlicia, también conocida como “ave del paraíso”? ¿Era ya un aberrunto de todo lo que se iba a consumir con el turismo?

En el sur de Tenerife, a donde a veces voy como extranjero, me encontré una vez con un señor que se había mimetizado completamente con una palmera. Ahora veo que en verdad ya adelantaba nuestra condición. Y ahora ahora veo que en verdad no hacía ni adelantaba nada nuevo: el tejido de palmera fue un invento de una mujer canaria, seguramente de origen indígena, según se recuerda a finales de los 1500.

La primera montaña creada por la acción humana de Tenerife fue la llamada Lazareto, en Santa Cruz, elevada con toda la basura de la sociedad urbana de los 70s, ya prendida como gasolina ardiendo por el consumo turístico en las Islas, antes de que se creara el PIRS (Plan Insular de Residuos Sólidos)[9]. Con el tiempo, estos excedentes fueron recubiertos de cemento y tierra y arriba del todo se creó el Palmetum, un jardín botánico especializado en palmeras[10]. Los Príncipes ―ahora Reyes del Reino de España― inauguraron el jardín en 2014. Nunca he estado, pero quiero imaginar que la Phoenix canariensis, la Roystonea y la Palma africana conviven sobre tanta basura, sobre tanta ruina, dialogando en un lenguaje de flores sobre la herida profunda de estas islas.

Mientras escribía esto pensando en cómo salía la violencia fluyendo de las copas de las palmeras, casi como si fuera guarapo, la gente activista que resiste acampando en la Tumba fue atacada por supuestos obreros y agentes de seguridad de la promotora. En pleno delirio paramilitar, los asaltantes aprovecharon una tormenta para ir armados con herramientas rudimentarias y hacerse con la pala mecánica que custodiaban las activistas para que no siguiera su camino de piche y palmeras impostadas contra los cardones y otras especies. Al llevarse la pala, las activistas se dirigieron luego al piso de muestra que la promotora tiene a la entrada de la obra, con la idea de ocuparlo pacíficamente y como símbolo de protesta por la agresión, y allí una activista fue agredida por el director de la obra, Andrés Muñoz. Esta parece ser la misma violencia que recuerdan las palmeras.

Ahora bien, no quiero que se me malinterprete: este no es un escrito contra las palmeras (¡ni mucho menos contra las flores!); ni siquiera contra el turismo. Todo es más complejo que eso y este texto es por tanto más humilde de lo que pudiera parecer. Es un escrito que no puede hacer mucho más por concienciar sobre algo que ya sabemos, ni puede llamar la atención de políticos que parecen tener los cascos puestos con temazos a todo trapo y la mirada perdida. Tampoco tiene grandes palabras como “desastre medioambiental” o la más nueva de “colapso” (deben perdonarme “ecocidio”; todas palabras que se van mamando hasta que ya no chocan lo mismo y casi que te las desayunas en una escudilla con gofio o con alguna galleta procesada con aceite de palma).

Nop. Nada de eso.

Si acaso, este texto es un lazo atado a una estrella para la gente activista que ha aguantado el acoso y la violencia; un lazo atado delicadamente a una estrella como forma de agradecimiento por mantener la dignidad; un lacito que es toda esta historia maldita, pero que no reniega de la esperanza. 


[1] Véase: https://www.publico.es/sociedad/promotora-macroproyecto-turistico-puertito-adeje-omitio-memoria-ambiental-planta-protegida.html

[2] Véase su página promocional: https://www.cunadelalma.com/es

[3] Véase: https://www.elconfidencial.com/tecnologia/ciencia/2019-10-16/aceite-de-palma-biocombustibles-espana-biodiesel_2283896/

[4] Taussig, Michael (2018) Palma africana. The University of Chicago Press, p. 1.

[5] Véase las referencias de las Crónicas agrupadas aquí, más muchas otras en: Quintana, Pablo (Africo Amazik) (1985) El árbol de la nación canaria. Benchomo. Santa Cruz de Tenerife –  Las Palmas de Gran Canaria.

[6] Véase el artículo de Juanma Ruíz en: https://ctxt.es/es/20211201/Culturas/38109/Juanma-Ruiz-Dune-cine-Villeneuve-Lynch-Bardem-Timothee-Chalamet.htm

[7] Bataille, Georges (2003) La conjuración sagrada. Adriana Hidalgo, p. 28.

[8] Véase: Bataille, Op. cit., y Taussig, Michael (2006) Walter Benjamin´s Grave. The University of Chicago Press, pp. 189-218.

[9] Véase: Sabaté, Fernando (2022) “Residuos en Canarias: reconstruir hoy un problema social extrayendo enseñanzas de nuestra experiencia y memoria popular”. TrashLab Magazine. Vol. 1.

[10] Véase: https://palmetumtenerife.es/

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