Carnavales: contradicciones, despilfarro y pandemia

 –¿Me conoces mascarita?

 Dicen las malas lenguas, las que por su incómoda pertinencia nos hacen revolvernos por dentro, que al pueblo hay que darle vino y circo. El circo para mantener entrenido su ánimo, y el vino para conformar a los estómagos hambrientos. Con el tiempo, los Carnavales han degenerado precisamente en esto; han pasado de ser una fiesta popular sana, que potenciaba el encuentro del paisanaje, a ser una especie de holocausto consumista donde, en cierta medida, desahogamos las frutraciones de una tierra sembrada de exabruptos. Este año, pandemia incluida, no iba a ser menos, ya que la broma nos costará aproximadamente 2,3 millones de euros. Quienes no estamos acostumbrados a pensar estas cantidades no podemos valorar fácilmente un presupuesto semejante, pero atendiendo al hecho de que  en 2020 se invirtieron 3.723.878 millones de euros, el dinero asignado en esta ocasión nos parece a todas luces un gasto desmesurado.

 Para hacernos a la idea de la poca pertinencia de la  cifra destinada, conviene detenerse a pensar en  qué es lo que se va a celebrar: cómo, porqué y sobre todo, en qué se va a gastar cada euro.

 Hay aquí un recorte concreto, destacado por los propios responsables de las fiestas, que corresponde a los ingresos que el Organismo Autónomo de Fiestas y Actividades Recreativas dejará de percibir por realizar actos en las calles chicharreras. Esto es lo lógico, puesto que estamos sufriendo una pandemia planetaria; de resto, no parece que hayan hecho un recorte significativo en el presupuesto.

 Sea como fuere, lo que estamos presenciando es que los responsables actúan como si  aquí no pasara nada, y que tienen todas las intenciones de embolsarse también este año sus acostumbrados réditos carnavaleros. Esta es la dinámica  que hemos estado viviendo en la Isla y en el Archipiélago durante  toda la “democracia” (e incluso antes): una serie de eventos super-financiados y dedicados  al sector servicios; a la hostelería y por supuesto al turismo.

 Los Carnavales son un negocio. También porque han cumplido una función especial para el pueblo trabajador canario, la de ser unas fiestas que canalizan nuestro deseo de encuentro y nuestra necesidad de compartir en la calle. Como decian Marx y/o Engels, “todo lo sólido se desvanece en el aire”, y esto  ocurre también con las tradiciones, que creemos tan sólidas, puesto que son las madejas con las que se hilvana la historia; luego hilos, al fin y al cabo. Esto el capitalismo lo sabe; y precisamente porque estamos hablando de una tradición secuestrada por inversores particulares, experimentamos esa relación de afección y desafección hacia algo tan nuestro. Con el paso de las décadas, se ha ido  alejando cada vez más cualquier atisbo de poder disfrutar de unas fiestas autogestionadas por las asociaciones y los colectivos,  seguras, con kioskos que ofrezcan cada cual su música, y donde no tengamos que bregar con peleas múltiples o con los múltiples y siempre silenciados abusos policiales. En este sentido recordarmos que el Ayuntamiento de Sta. Cruz de Tenerife está a la vanguardia tecnológica en materia de dotación policial; dado que al conjunto de herramientas de que dispone el cuerpo de policía local chicharrera, que no son pocas, se añadieron los táser (o pistolas eléctricas); una equipación peligrosísima, que ha generado y aún genera gran polémica en todo el mundo, y cuyo uso ya está normalizado entre la policía capitalina. 

 Hay otras cuestiones fundamentales en torno a los Carnavales. Un tema ineludible es el de las violaciones. Una forma intolerable de violencia  que ha conseguido tener visibilidad, desde hace al menos un lustro, debido a los considerables esfuerzos de diversos colectivos y grupos de afinidad feministas, que por  razones de pura y dura supervivencia han emprendido una serie de acciones, incluida la autodefensa colectiva, para atajar la lacra de las violencias machistas que asolan a todas las Fiestas Grandes, tanto en Canarias como en España. Fruto de estas acciones y reivindicaciones son los “puntos violetas” que el Ayuntamiento de Sta. Cruz de Tenerife tuvo que ubicar en varios sitios, a fin de estar a la altura de las demandas de un movimiento informado y capaz poner rostro a este tipo de vergonzosas violencias que antes no se afrontaban.

 Volviendo al momento presente, el escabroso asunto del despilfarro no ha sido la única noticia carnavalera que hemos tenido esta semana; también las prohibiciones adoptadas en este nuevo contexto de pandemia han tenido su cuota de pantalla. Siempre se ha dicho que si al pueblo se le privase de sus fiestas saldría masivamente a la calle: no ha sido el caso. Toques de queda y otras medidas aparte,  cualquier música, tanto la ambiental como la que incite al baile y al canto, será motivo de sanción durante todo el periodo festivo. Las Murgas también guardarán silencio, puesto que el Concurso recuperará los temas de años anteriores; algo muy adecuado, toda vez que las voces de las vecinas y vecinos resultarían demasiado incómodas para los oídos del poder.

  Pasado el brete del 2020, marcado no solo por la pandemia sino también por otras catástrofes, da la sensación de que hemos llegado a 2021 agotadas, privadas en gran medida de la capacidad legal y racional necesaria para dirimir las contradicciones que enfrentan a nuestra sociedad. Y este nuevo despilfarro en unos Carnavales que nadie celebrerá, salvo los listos de turno, solo contribuye a aumentar el horizonte de problemas que afectan a las gentes de las Islas. Nada más que añadir..

Miguel Delgado Valentín

Ed: A0

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