Mar. May 26th, 2026


Memoria soterrada, ciclos de auge, caída y desbordamiento del común

El desafío al que nos encomendamos consiste en pensar las luchas sociales en un horizonte profundamente vaciado de imaginarios emancipatorios. Por “imaginarios emancipatorios” no nos referimos únicamente a proyectos políticos, sino a la capacidad socialmente distribuida de concebir, legitimar y practicar alternativas reales al orden existente: repertorios de acción, lenguajes políticos, expectativas colectivas, territorios liberados y formas de organización que hacen pensable —y practicable— la transformación. Su vaciamiento es el resultado de un proceso histórico marcado por la sedimentación de los pilares fundacionales de las sociedades canarias contemporáneas —democracia representativa, caciquismo, europeísmo, capitalismo extractivista y autonomismo— que se consolidan, junto con otros dispositivos transversales como el sistema sexo-género-deseo, el patriarcado, el racismo, etc., tras la derrota de los proyectos de liberación social y nacional en el último cuarto del siglo XX. Sin ninguna duda somos conscientes de que podríamos integrar estos fenómenos en un análisis más macro y dentro de una deriva global, para ello hay muchos análisis que abordan esta cuestión.

Este proceso no debe entenderse como una desaparición absoluta de la conflictividad, sino como una reconfiguración de sus condiciones de posibilidad acompasado con un proceso de estratificación social donde la desigualdad se cronifica y la ausencia de imaginación política se anquilosa. En este contexto, la sucesión de ciclos de conflictividad social desde finales de los años setenta hasta la actualidad puede leerse como una dinámica reiterada de auge y caída de sujetos políticos que, pese a su emergencia, fueron incapaces de sostener en el tiempo espacios de poder popular suficientemente autónomos frente al Estado y el capital. Dicho de otro modo, asistimos a la aparición y desaparición de múltiples formas organizativas —plataformas vecinales, asociaciones, asambleas, sindicatos alternativos, partidos y colectivos— que no logran consolidarse ante las transformaciones de las coyunturas históricas. Cabría matizar que no basta con permanecer, sino también con incidir en las relaciones materiales de las comunidades y desafiar mínimamente la acumulación del capital y el institucionalismo.

Esta incapacidad de continuidad no puede explicarse únicamente como un fallo interno de las propias organizaciones. Responde a una combinación de factores estructurales y estratégicos: la represión selectiva, la cooptación institucional, la precarización material de la vida que limita la disponibilidad militante, la fragmentación territorial y social, así como la dificultad de producir marcos organizativos estables que no sean absorbidos por las lógicas del Estado o del mercado. En este sentido, la discontinuidad es un rasgo estructural del campo de las luchas.

Ello no implica ausencia total de persistencia. Existen experiencias que lograron sostenerse en el tiempo, como las Marchas Obreras, que durante aproximadamente quince años llevan un ciclo de movilización continuo. Sin embargo, su limitada capacidad de incidencia acumulada permite reintroducir que la duración de una práctica no garantiza, por sí misma, la producción de contrapoder efectivo si no va acompañada de procesos de ampliación, articulación y transformación de las condiciones materiales de existencia.

Por otro lado, también contamos con otra experiencia con más de 50 ediciones de la Ruta Bentejuí, organizada entre otros por Solidaridad Canaria. Esta continuidad sostenida en el tiempo da cuenta de una capacidad organizativa y de una voluntad de preservación de la memoria política que no debe ser desestimada. Sin embargo, su desarrollo tendió a consolidarse fundamentalmente en un registro simbólico-identitario, con un impacto limitado en términos de ampliación de base social, articulación con otros frentes de lucha o intervención directa sobre las condiciones materiales de vida.

En este sentido, la Ruta Bentejuí muestra algunas de las dificultades estructurales que atraviesan determinadas prácticas políticas: la escasa permeabilidad hacia sectores no previamente politizados y la dificultad para traducir la acumulación simbólica en formas de organización capaces de disputar efectivamente la reproducción social. Esto contribuyó a que su proyección quede, en gran medida, circunscrita a un ámbito de participación relativamente estable, sin lograr expandirse de manera significativa más allá de ese núcleo.

Más aún, cuando estas prácticas se sostienen sin procesos paralelos de apertura, articulación y transformación, corren el riesgo de convertirse en dispositivos de reproducción interna antes que en herramientas de intervención política. En este caso, la reiteración anual puede derivar en una forma de ritualización de la identidad política —particularmente en clave independentista— que, si bien refuerza la cohesión de quienes ya participan, no logra alterar las correlaciones de fuerza existentes ni generar nuevas capacidades colectivas.

De este modo, tanto en este caso como en otros similares, se pone de manifiesto que la persistencia, cuando no va acompañada de procesos de expansión, hibridación y arraigo material, tiende a operar más como conservación de una forma de militancia que como construcción de contrapoder.

En este marco, el discurso fundacional de la sociedad canaria queda sedimentado en el imaginario social, reforzando las estructuras del Estado, del autonomismo, los dispositivos y la acumulación del capital, precisamente allí donde se evidencia la dificultad de generar —y no solo imaginar— alternativas reales. Esta dificultad se inscribe en una doble contradicción no resuelta: por un lado, entre Estado y poder popular; por otro, entre producción social y circulación del capital. La no resolución de estas tensiones bloquea tanto la transformación, como delimita el campo de lo políticamente imaginable.

En esta segunda edición del artículo proponemos problematizar una cuestión que, pese a su centralidad, permanece relegada a un segundo plano: las luchas sociales no son tomadas de manera regular, explícita y comunitaria como objeto de análisis y reflexión. Esta ausencia es un síntoma de la crisis de saberes políticos. Sin espacios sostenidos de problematización colectiva, las experiencias no se sedimentan en conocimiento transmisible, y cada ciclo de lucha tiende a recomenzar sin acumular plenamente lo aprendido pecando de adanismo y situando a cada generación en una repetición trágica de lo mismo como sísifo empujando la roca dentro del relato mítico.

De ahí la urgencia de interrogar qué queda —y qué se perdió— de las experiencias históricas de lucha. Este ejercicio no puede reducirse a una mirada retrospectiva ni a una recuperación nostálgica, sino que implica un trabajo genealógico en sentido fuerte: rastrear cómo se configuraron los saberes, las prácticas, las rupturas y las derrotas que continúan operando —de forma visible o subterránea— en nuestras formas actuales de organización. Esto incluye, por ejemplo, la transformación de conflictos laborales en negociación institucionalizada, la progresiva integración de movimientos sociales en dispositivos de gestión pública o la resignificación cultural de prácticas originalmente conflictivas.

Partimos, así, de una premisa fundamental: sin una lectura crítica de nuestra propia genealogía política, resulta imposible elevar los horizontes de transformación. Esta genealogía cumple una función estratégica al permitir identificar no solo aciertos, sino también errores estratégicos recurrentes —como la dependencia de marcos institucionales, la incapacidad de sostener estructuras autónomas o la reproducción de formas organizativas ineficaces— que tienden a repetirse cuando no son explicitados y analizados críticamente.

Situar el presente en relación con sus referentes contemporáneos y con su pasado histórico —tanto local como global— se convierte, por tanto, en una tarea imprescindible. Sin este ejercicio, la acción política queda atrapada en el “modo automático”: una repetición acrítica de métodos heredados que se manifiesta en la ritualización de las protestas, la reiteración de consignas desvinculadas de procesos organizativos reales o la adopción de estrategias que, aunque históricamente significativas, perdieron eficacia en las condiciones actuales. Este automatismo oscila entre la reproducción irreflexiva de formas heredadas y la dificultad de producir respuestas ajustadas a las condiciones presentes, lo que termina reduciendo el campo de lo políticamente posible.

A esta dificultad se suma otra: la tendencia a que determinados discursos monopolicen las luchas sociales, estableciendo marcos de interpretación y acción que se presentan como comunes, pero que en realidad operan como dispositivos de cierre. En este contexto, el problema no es tanto la ausencia de crítica interna, sino la forma en que esta queda subordinada a lógicas de consenso o de mayoría que terminan normalizando unas posiciones mientras relegan otras.

Las posiciones disidentes no desaparecen, pero son desplazadas, deslegitimadas o absorbidas, impidiendo que puedan desplegar trayectorias propias. De este modo, mientras se denuncia que las minorías sociales no son escuchadas por el conjunto de la sociedad, se reproduce internamente la misma lógica: los acuerdos mayoritarios se consolidan como horizonte legítimo, y los disensos quedan fuera del campo de lo posible.

Esta dinámica no solo limita la pluralidad, sino que empobrece la capacidad colectiva de aprendizaje y reduce la potencia del conflicto, al impedir que las diferencias se expresen como fuerza productiva. En lugar de abrir el campo de lo político, lo estrecha, bloqueando la posibilidad de que emerjan recorridos imprevistos que desborden la normalidad de la mayoría.

Para ilustrar este movimiento, recurrimos a la metáfora del cauce de un barranco. Durante un tiempo, el cauce avanzó por pura inercia. El agua seguía fluyendo, pero ya no arrastraba sedimentos nuevos: giraba sobre trayectorias conocidas, cada vez más previsibles y menos transformadoras.

Con el paso de los años, ese estancamiento se convirtió en bloqueo. Donde antes había desbordes, surgieron presas; donde antes se producían crecidas imprevistas, se impuso la regulación. El agua dejó de irrumpir y comenzó a administrarse. La fuerza del conflicto fue domesticada. El “Estado” de las cosas se erigió en garante de la “paz social”: las crecidas dejaron de ser una amenaza y pasaron a convertirse en variables de cálculo poco probables.

En algunos tramos, incluso, el cauce fue desviado. El agua siguió fluyendo, pero ya no hacia donde las luchas la empujaban, sino hacia depósitos ajenos, útiles para otros fines mediante la cooptación y el desvío de la fuerza popular. El movimiento persistía, pero su dirección había sido torsionada: ya no empujaba contra el poder, sino que funcionaba a su servicio o quedaba neutralizado. Este proceso puede observarse, por ejemplo, en conflictos laborales absorbidos por burocracias sindicales conciliadoras, en energías de protesta reconducidas hacia canales electorales o institucionales, o en luchas radicales transformadas en marcas culturales y sociales.

Sin embargo, bajo el lecho endurecido por el polvo y el cemento, continuó fluyendo hilos subterráneos que no se dejaban sedimentar ni canalizar. Aunque en la superficie todo pareciera seco, en las grietas persistía una memoria radical que no había sido cancelada del todo. Frente a la apariencia de desmovilización total y al agotamiento de las energías populares, ciertos restos, márgenes, prácticas pequeñas y cuerpos impidieron la sedimentación completa. Estas trayectorias de conflicto dejaron marcas duraderas, huellas desde las cuales volver a desplegarse, las marcas históricas de los motines y revueltas, del sector de las conservas, tabaquero, estibadores, inquilinos, aparceras, etc.

Bastó entonces un acontecimiento imprevisto para que el cauce principal, que se daba por clausurado, se quebrara en múltiples trayectorias. El agua no regresó a las direcciones dominantes: las volvió impracticables y las desorganizó para abrir otros modos de circulación, de conflicto y de posibilidad. El desbordamiento no aguardó a los recorridos heredados privilegiados ni a sus relieves: los desdibujó y los saboteó, poniendo en marcha la imaginación política, arrasando con el cauce mismo y haciendo que las grietas que permanecían en el fondo disputen en la superficie con los modos de luchar hegemónicos.

En definitiva, no pretendemos ofrecer una narrativa cerrada, sino evidenciar una lectura situada y contribuir a amplificar la fuerza de ese flujo subterráneo que persiste de manera latente en lo más hondo. Al problematizar distintas interpretaciones, contrastar saberes y poner en tensión prácticas diversas, aspiramos a fortalecer las condiciones que permitan sostener procesos de lucha más duraderos, más conscientes de sus propios límites y más capaces de intervenir sobre la realidad. En un contexto cada vez más adverso, la disputa se transforma y es ahí donde se juega la posibilidad de abrir otros modos de vida.

Balafía

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