En «Hijo de volcán» hay un Quevedo que lucha todo el rato contra sí mismo, hay mucha sinceridad y versos preciosos, pero enseguida aparece la oscuridad… Los Gofiones parecen cantarle a un estado de ánimo eterno; Quevedo, sin embargo, está atrapado en el capitalismo, en la fama, en la masculinidad.
En la canción «Hijo de volcán», la fuerza de las voces de Los Gofiones entra como un trueno tras los primeros punteos. Los Gofiones hablan poéticamente de Canarias, con una sensación de resistencia, de aguante en nuestra condición insular y natural. Y de alguna manera también es algo coherente, algo que tiene sentido y que en conjunto toca el alma isleña. Quevedo no entra de seguido tras estas líneas íntimas; hay primero un silencio, una interrupción del flujo instrumental de chácaras y cuerdas canarias. Un precipicio. Solo entonces entra esa voz característica de la música urbana, articulada con autotune, armando una frase inesperada desde ese arranque: «Con el dinero soy insaciable».
Sí, no es el proceder habitual. Creo que no hay un precedente así en las colaboraciones de artistas con grandes agrupaciones de música tradicional o folclórica. Pedro Guerra, con Los Sabandeños, no se sale del marco de la historia que escribió su padre en «Cathaysa». Incluso en el rap, Real El Canario seguía con sus letras el acompañamiento de las entonaciones de la misma agrupación: el grupo tradicional y el artista moderno cantan el mismo tema, hay coherencia. Y por lo general las temáticas han abordado el sentimiento canario con un marco transcendente de cualquier otra realidad presente o concreta. ¿De qué trata el tema de Quevedo? La base instrumental es la misma tras el silencio, pero el tono ha cambiado. Cuando entra Quevedo la canción se torna triste y el ambiente melancólico: “me sigo sintiendo solo dentro del convertible”. Pero no es un tema sobre la soledad, ¿verdad? Cómo puede serlo si Los Gofiones cantan que aquí vamos a estar, hasta el final de los tiempos, todos los canarios, juntos.
«Hijo de volcán» es una canción que se arma y desarma todo el rato. Es un tema dual, contradictorio. Y, como tal, ha impactado en la sociedad canaria (el público que más historia y socialización tiene para entenderlo) de manera muy dispar. Quizá todo esto sea también extensible al resto del disco (El Baifo), pero «Hijo de volcán» ha sido la única canción de la que he oído comentarios de querer justamente desarmarla y quedarse con algunas de sus partes. No solo hay quien quiere salvar a Los Gofiones de Quevedo, sino quien quiere salvar a Quevedo de Quevedo. Y es normal, en la canción hay un Quevedo que lucha todo el rato contra sí mismo, hay mucha sinceridad, y hay versos que son preciosos, pero enseguida aparece la oscuridad en la siguiente estrofa. El contraste se nota también al nivel de la colaboración: Los Gofiones parecen cantarle a un estado de ánimo eterno, que se siente más allá de la historia; Quevedo, sin embargo, está atrapado en el capitalismo, en la fama, en la masculinidad.
Lo tiene todo: dinero para «cuidar a los nietos de mis nietos», pero también «un vacío adentro que ya nada lo llena». Hay bling y humildad; hay una actitud macho y sensibilidad; hay desamparo y endiosamiento. «Me contradigo todo el rato / pero me hace sentir vivo». Es una ambivalencia constante, una condición que también refleja un trasfondo familiar en sus letras, reflejando quizá una dualidad femenina/masculina ad hoc. ¿No son las familias así? ¿No es lo familiar típico así? ¿No es la masculinidad típicamente así? Admito reconocerme en una de sus expresiones: «apego evitativo». No hay un concepto tan preciso de nuestra condición masculina actual. Pero también está la contradicción de querer superar eso, de estar enganchado en las garras de la ostentación macho-raper y querer ser sensible y consciente. Quevedo está ahí también.
El contacto con la fama lleva al vacío, quizá un vacío diferente al que se llega por abajo, y uno que plantea un tipo particular de dilema cuando tu origen de clase te sigue marcando: ¿Cómo ser de barrio y de la Canarias popular con tanto lujo alrededor? («Quiero verano en Las Canteras / no en Pasito Blanco»). Pero solo puede expresar ese vacío a través de otro lenguaje ambiguo, ya nombrado: el sexo y las relaciones heterosexuales. «Tengo una relación tan tóxica con la fama, / que me la sigo follando aunque sepa que no me ama»; o «cambio más de contable que de piba».
Hace tiempo, el teórico cultural Stuart Hall dijo que «la raza es la modalidad a través de la cual se vive la clase social». Con esto quería decir que la condición de clase no puede expresarse directamente, sino a través de filtros, y que la raza es una de esas maneras de estructurar las diferencias. Aquí podemos cambiar la frase de Hall: la sexualidad es la modalidad a través de la cual la (crisis de) clase es vivida. Follar es la modalidad a través de la cual la fama inesperada es sentida como un vacío. No existe otro lenguaje para ello, pues se está solo ante Dios, o ante un grupo muy reducido de personas, por eso se nota un eco fantasmal dejado tras la frase «tú aquí no entras». Es un eco provocado por un vacío y la única vez que lo oímos es precisamente tras esa frase. Y, sin embargo, Quevedo no está solo…
En estos tiempos raros hay una compañía abstracta y digital que lo quiere (queremos) seguir en todo. Y esta presencia agarra una mayor fuerza cuando es la gente canaria quien acompaña. Me explico. Hay un concepto sociológico -la relación parasocial- que intenta abordar el vínculo unilateral que crean las personas con los artistas que les gustan. No es solo ya con la obra del artista, sino con la familiaridad que traban tras consumir su contenido, especialmente tras conocer sus biografías. Esto empezó a darse con mayor frecuencia con los medios electrónicos, que tienen la capacidad de dirigirse al individuo, aunque en verdad sea a la masa, interpelando de una manera intensa a sujetos aislados. Esto ocurre con Quevedo, lo mismo que con cualquier artista actual. Pero el disco El Baifo, en general, ha causado aquí un doble apego por el hecho de centrar de una manera tan contundente la cultura canaria. Quevedo es el foco parasocial de Canarias, nos dirigimos a él no solo como artista internacional, sino como alguien con quien tenemos un vínculo estrecho por compartir nuestros códigos culturales. De los primeros comentarios que leí de «Hijo de volcán», en YouTube, fue el de una mujer que sintió la canción como si el cantante fuera su hijo; con un desgarro y preocupación de madre.
El enfoque parasocial nos ha dado a nuestro Quevedo. Nuestro Quevedo, a su vez, nos ha sido dado porque Pedro ha jugado en casa, porque ha movilizado nuestra cultura. Y recurrir a nuestra cultura en una sociedad atravesada (como todas) por el conflicto social y basada en una estructura colonial (no como todas), hace brotar visiones muy encontradas. Al final volvemos a la fórmula de Hall: la canariedad es la modalidad a través de la cual vivimos en Canarias nuestra sexualidad, nuestra colonialidad y nuestra clase social. Por eso la ficción de nuestro Quevedo ha dado lugar a tantos Quevedos; nos agarramos como un clavito ardiendo a cualquier signo que nos hable de nuestra condición: la vivienda («Estas casitas no nos las quiten / que las Islas se ponen tristes» canta en «Mi balcón»); el amor por el territorio, el cuidado de la tradición… O, si no vislumbramos un discurso claro, criticamos que ese pack exotizante no es Canarias, y que le falta claramente mucha crítica social, que solo es otro producto con culos twerkeando y playas de fondo.
Todo eso está en Quevedo, es indudable. Todo, ¡aunque sea una contradicción! Pero nadie puede decir que sea posible encajar por completo su visión propia con el arte que ha producido el cantante (los políticos de los partidos políticos con mayor empeño en capitalizar una canariedad acrítica son los únicos que lo dirán, pero estarán mintiendo). Y es Quevedo mismo el que más consciente es de que la biografía es lo más codiciado en esta era en que el viento sopla las velas digitales del culto al artista (al tiempo que acecha siempre la sombra de la cancelación). Vivimos momentos de una identificación sin distancia con el artista. Pedro canta: «Hace tiempo que se me cayeron mis ídolos. / Por eso ustedes nunca me van a conocer».
¿Entonces no existe una opinión ni visión absoluta de todo este disco/acontecimiento/arte? ¿Es tan importante resaltar que el conflicto latente está debajo de estas miradas cuarteadas? ¿Es importante esto? ¿No es Quevedo también una cortina de humo involuntaria en una sociedad con tantas urgencias? Pero no es sobre Quevedo de lo que he estado escribiendo, ¿no? He interpretado a mi manera su canción más honesta, pero con la intención de encontrarnos en conflicto y problemáticamente en ella. Escribí (y si aguantaste hasta aquí habrás leído) más sobre esa esquiva y recursiva categoría del nosotros/as. Esa coartada y, a su vez, necesidad. Esa ficción, pero también esa esperanza alternativa al individualismo feroz y a nuestra soledad isleña. Finalmente las voces de Quevedo y Los Gofiones se unen al final de la canción. Pienso que, como sea, hay un guiño ahí para atreverse a contar/cantar nuestra historia tras ese vacío/silencio.
Publicado originalmente en el portal web ‘BienMeSabe’
