por José Miguel Martín Muñoz.
Yo podría no haber tenido tanta suerte, podría haber pensado así, haberme quedado en la opinión generalizada producto de la perversidad de sus medios al servicio de sus intereses. De hecho, lo verdaderamente raro es que no haya sido así. Que no mantenga algunos discursos vergonzosos que ciertos sectores de nuestros barrios populares y obreros sostienen desde el desconocimiento y la manipulación fascista que hoy vivimos, no es de ninguna manera mérito propio, ni inteligencia ni virtud personal. Tampoco es culpa de nuestros vecinos y vecinas que provienen de nuestras propias y mismas vivencias y condiciones. Es producto de la mayor de las suertes y entre otros de un privilegio: haber coincidido muy pronto en el momento preciso con gentes que soñaban, peleaban y ponían en el centro de su vida la brega compartida por un mundo mejor desde la cotidianidad que habitaban.
Yo nací y crecí sin grandes recursos en el seno de una familia de clase baja de nuestros barrios, marcada por el desempleo de los ochenta y las crisis de los noventa en un país, Canarias, donde esa palabra crisis, no significa especialmente nada por ser una constante en la historia de nuestro castigado pueblo. No pasé hambre y siempre tuve un techo cargado de protección, escucha y cariño, pero sí recuerdo tener que buscar monedas en casa para juntarlas y bajar a comprar un pan, dejar fiado en la ventita de Carmelo o hacer leche aguada con Lita, aquella leche en polvo que aún no sé por qué, pero tenía lo que a mí me parecía una enfermera en su etiqueta que ya era como la fotografía de alguien de la familia. Recuerdo también hacer leche para el desayuno aguando la condensada GP, la del bote blanco y azul con una rosa roja acostada en la etiqueta. Es curioso como uno recuerda los envases de los productos que vio o comió de niño, algo así como el attrezzo de la función que vivíamos en un mundo con muchas menos opciones de marcas y la confianza de la vieja en algunas, las de toda la vida, que se fueron diluyendo como el pequeño comercio con la llegada de las grandes superficies y sus hipermercados extranjeros.
Mi infancia no fue muy diferente a la de muchas en el barrio de mi abuela o a la de otras de mi calle más céntrica en el pueblo. Cuando iba a estudiar jugando a la casa de mis amigos se repetían las escenas, las meriendas precarias y los mismos productos con los mismos envoltorios sobre la mesa pequeña. Las galletas tostadas, rectangulares, con los bordes hechos de arquitos envueltas en un plástico trasparente con una flor dibujada, las que mi abuelo Juan usaba para hacer las timbas de queso fresco con guayaba y que nosotras juntábamos de dos en dos para que no se desmigajaran al mojarlas, eran mis favoritas. Y comiendo, jugando y conspirando juntas crecimos también. Salíamos día tras día por las mismas calles, metíamos las manos en las mismas cabinas telefónicas a ver si alguien despistado había olvidado el vuelto, quedábamos cada viernes por la tarde rezando para que no lloviera para ir a jugar a las canchas del colegio y cuando la pelota ya no se veía, íbamos a comer pipas a lo alto de la plaza del Kiosko tras los maceteros grandes, esos que el ayuntamiento acabó por quitar para acabar con la poca intimidad clandestina que una podía tener a esas edades en un pueblo como el mío.
Luego, al acabar el instituto, yo tampoco fui a la Universidad. Casi ninguno de mi grupo fue o pudo ir. Éramos carne de aquello que llamaban FP y que los profesores del colegio tanto se preocuparon en aclarar a las más empobrecidas que era la salida perfecta para nosotras. Muy jóvenes ocupamos empleos precarios. Supimos del dinero propio y la necesidad compartida de los gastos básicos para la vida cuando aún comenzábamos a afeitarnos y hacía poco que las chicas de la plaza también eran parte de nuestras vidas de colegio no mixto. Crecimos lo suficientemente deprisa para darnos cuenta que aquello de querer crecer rápido no era tan buena idea. Y con la misma rapidez nos fuimos distanciando sin nada concreto que lo provocara, más allá de los giros de la vida de cada uno.
A mí me llegó pronto la política. No la de los despachos y los partidos, sino la de los colectivos sociales pequeñitos, la de los grupos juveniles que soñaban con otra Canarias libre y con las mismas opciones para todas, y ahí me enredé desde el instituto y poco a poco el activismo fue poniendo toda mi vida patas parriba. Escuché desde el primer momento y de las bocas mayores que se decían sabias y experimentadas, que pronto me iba a arrepentir cansado de dar a otras y dar con otras que decían querer lo que yo o parecido. Pero no fue así, sigue sin serlo. Me dio todo lo contrario. Se colocó en el centro de todo y me regaló el encuentro con las vidas de otras personas que venían de pelear otros tiempos y que nos trataban con un respeto que nunca antes habíamos sentido, tan jóvenes como éramos, de gentes con más edad que nosotras. Supe de lo comunitario como manera de habitar las calles y las casas y eso me salvó tantas veces que no soy capaz de contarlas. Viví y aún vivo el sueño de proyectos cumplidos y otros muchos que no pudieron ser pero que me enseñaron que ya solo el camino vale la pena y es el mayor de los premios cuando es compartido. Lloré mucho con el consuelo de que otras también lo hacían conmigo, entendiéndonos y sosteniéndonos juntas, y reí con todo desde la magia también de las risas compartidas y no hay nada en este mundo que se pueda comparar con eso. Conocí otros mundos más allá de los océanos, países y continentes llenos de otras gentes que también soñaban y luchaban semejante pero distinto. Parecido no es lo mismo decía Les Luthiers, y supe que en salvar la diferencia con las otras radican las respuestas a muchas de las preguntas que nos hacíamos y nos hacemos. Esas, también las diferentes, me rescataron y me siguen salvando por dentro y por fuera. Es por eso que es tan importante saber ver la diferencia entre ser y estar donde no corresponde, producto de encontrar falsas soluciones y culpables a la desesperación de nuestras miserias donde señalan los dedos de quienes manipulan y no en quienes realmente nos roban el derecho a existir dignamente. Quiénes siguen siendo las nuestras a pesar de los discursos y es necesario acompañar, y quiénes son las de arriba a combatir.
El capitalismo, sus lógicas de sufrimiento, y también las izquierdas clásicas y eurocéntricas nos enseñaron a poner la queja y el victimismo en el centro para pretender ser valoradas en nuestra justa medida. Pero es en el agradecimiento y en la honestidad de reconocer que destinar y centrar nuestra vida con otras para la lucha social y comunitaria es lo que nos da sentido cada mañana al despertar. Es ahí donde radica el verdadero valor y el sentido de lo que hacemos. En reconocer que disfrutamos del privilegio de un ser compartido que nos llena y nos rescata del naufragio cotidiano. Solo desde ese ejercicio de honestidad podemos contagiar la necesidad y el deseo de otra realidad más justa, igualitaria y libre en nuestro país de islas y en el resto del mundo.
Yo, nosotras, podríamos estar buscando también salidas individuales a las problemáticas transversales con las que el sistema actual convierte nuestros barrios en lugares de no vida. También podríamos estar culpando a las más vulnerables, a nuestras hermanas migrantes, a otras gentes de abajo como nosotras de todos nuestros males, de la desigualdad y la pobreza que nos revienta la existencia. Yo, nosotras, podríamos estar mirando hacia los lados y para abajo en lugar de buscar por encima la bota que nos pisa la garganta y no nos deja respirar. De hecho, lo más lógico y normal es que así fuera viniendo de dónde venimos y tal y como el poder tiene todo controlado para que pensemos lo que ellos dispongan que debemos pensar y lo poco que hacemos para evitarlo. Si no es así es por la suerte de nuestro privilegio de habernos encontrado y luego construido con otras que nos mostraron quiénes mueven los hilos y cómo lo hacen, pero sobre todo con otras que nos mostraron que solas no íbamos a ningún lugar, pero que juntas éramos capaces de cambiar nuestras vidas, siempre con otras. Una suerte y un privilegio que tenemos la responsabilidad y el deber de compartir con otras como lo hicieron con nosotras. Al pie de nuestras calles, de nuestros barrios y pueblos, donde nos parieron y lo siguen haciendo. Para que las alternativas reales y deseables sean las nuestras cargadas de solidaridad, apoyo mutuo y esperanza y no las suyas llenas de muerte y horror.
Canarias, abril de 2026
