Mar. Sep 22nd, 2026

A veces parece que todo pasó ayer y otras que todo pasó hace un siglo. Pero lo cierto es que, cercano o lejano en la memoria, lo que vivimos sigue estando ahí.

No podíamos imaginar (tal vez porque nadie a quien correspondía hacerlo nos lo dijo con claridad y franqueza) que aquel domingo 19 de septiembre, la vida nos cambiaría para siempre a las vecinas del Valle de Aridane. Cuando empezaron los temblores esa mañana y hubo aquella explosión a mediodía cerca de la Montaña Rajada, nos pareció que estábamos viendo una película. Pero vaya que si era verdad lo que estábamos viviendo…

De aquellos días (85 exactamente), recuerdo el miedo, la impotencia, la incertidumbre que se nos reflejaba en la cara. La sensación constante de estarnos acostumbrando a una realidad a la que no nos queríamos acostumbrar. Porque la erupción de ese volcán duró para el mundo casi tres meses, pero para algunas de nosotras sigue activo cinco años después.

Y es que aunque las cifras oficiales hablan de casi 7.000 personas afectadas, lo cierto es que son casi 7.000 situaciones personales de personas afectadas. Ninguna realidad es igual a otra, ninguna situación la vivieron igual dos personas. Tal vez porque somos seres inalienables.

A día de hoy, 1.825 días después de aquella catástrofe, seguimos teniendo muy presente ese día, porque hay momentos que nos marcan. Y puede que no recordemos lo que cenamos ayer o desayunamos esta mañana, pero ninguna de nosotras puede olvidar lo que estaba haciendo cuando la tierra rugió, se abrió y vomitó.

Y aquí ha ocurrido de todo en este tiempo, para bien o para mal…

Ayer veía una publicación en una red social y se me revolvía un poco el estómago. Creo que ya está bien de aprovechar las circunstancias de este volcán para hacer campaña o contra campaña política, por parte de algunos creadores de contenido, a costa de la realidad (que pretenden vender) de las personas damnificadas por la erupción volcánica en La Palma.

En este caso en concreto, un señor daba un discurso sobre la situación de TODAS las damnificadas, mientras paseaba y grababa por las casas modulares (lo que él llamaba “contenedores”, quitando la dignidad de las personas que aún viven allí). Su discurso iba sobre lo que continúan sufriendo las gentes de La Palma que aún siguen, cinco años después, viviendo de esa manera. Entrando en un debate de odio, en los comentarios de esa publicación, sobre los privilegios de las personas inmigrantes frente a las palmeras damnificadas por el volcán. Ya se ha utilizado demasiado esta catástrofe para reavivar esos discursos…

Y, como ocurre siempre que se dan este tipo de publicaciones (que luego secundan, compartiendo, medios de comunicación que se consideran serios), en ninguno de los casos se acercan esos creadores de contenido a hablar con las personas que siguen alojadas allí, en ningún momento comentan que hay otras realidades a parte de esa que, afortunadamente, a día de hoy es minoritaria.

Muchas de las personas que fueron reubicadas temporalmente en esas viviendas como solución habitacional temporal por la emergencia, ya han ido abandonado ese espacio. Algunas han vuelto a sus viviendas en zonas que estuvieron en exclusión por gases, otras han recibido las ayudas económicas que les han permitido adquirir en régimen de compra una vivienda, otras han construido desde cero (incluso sobre el terreno donde anteriormente perdieron sus viviendas), hay quienes han tomado la decisión de no comprar vivienda pero si alquilar una con esas indemnizaciones… Y hay otras realidades, personas que no han podido encontrar una vivienda que se ajuste a sus necesidades de accesibilidad por cuestiones de edad y/o movilidad o discapacidad. Personas que, por las cantidades que han percibido en concepto de ayudas, no les alcanza para adquirir una vivienda o no cumplen los requisitos para hipotecarse. Porque ha habido solución habitacional, si, pero a un coste alto. Ya estaba tensionada la vivienda en la isla antes de 2021, pero desde principios de 2022 ha alcanzado un precio desorbitado. El precio de los alquileres se ha duplicado, al mismo tiempo que la demanda. La perdida de suelo edificable ha dificultado la situación. Pero cierto es que con el decreto que permite construir en suelo rústico a damnificadas del volcán, muchas familias se han beneficiado. En este caso, las que han podido construir sobre esos terrenos y, por otro lado, las que han podido vender esos terrenos a damnificadas.

Pero hay algo de lo que casi nadie habla, del desarraigo. De lo duro que es perder tu barrio, tus vecinas, tus puntos de referencia, tus espacios de encuentro. Sentir que tu pertenencia a un lugar se tambalea porque ese lugar ya no está. Y es, tal vez, donde más se siente la pérdida.

Es emotivo ver como, en la reconstrucción, familias y vecinas de toda la vida comenzaron a construir en la misma zona, comprando terrenos colindantes para crear de nuevo la vecindad. Es enternecedor que señoras octogenarias, reubicadas en las viviendas modulares, expresen que se sienten felices de haber sido reubicadas junto a sus vecinas de toda la vida, algunas incluso desde la niñez.

Nos ha tocado crear nuevos espacios de encuentro, nos ha tocado crear vecindad aún en la distancia, nos ha tocado mantener vivos espacios que ya no están físicamente. Y nos toca aprender que, el barrio, trasciende más allá de un espacio físico habitable y pasamos a llevarlo con nosotras allá donde estemos, allá donde vayamos, porque esos lugares que habitamos y transitamos serán ya siempre lugares eternos.

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