Lun. Jun 17th, 2024

Para empezar, nos proponemos analizar los procesos de luchas sociales que llevan gestándose y que desembocaron en la manifestación del 20 de abril 2024. El punto de vista que adoptamos en todo momento es de crítica interna, lo cual lo vemos necesario para participar en el diálogo del modo en que se articulan las luchas en Canarias. El ciclo de movilización actual podemos calificarlo como la cúspide de la acumulación de fuerzas que llevan desde Salvar La Tejita en 2020 y la acampada de Cuna del Alma gestándose e intensificándose. Como es sabido, tras el pico, viene siempre el bajón si no somos capaces de anticiparnos para evitar que sea una caída de golpe e intentar mantener la correlación de fuerzas durante un determinado tiempo. Para sostener las fuerzas sociales hay que liberarlas de las formas de articular las luchas que las limitan, desvían y absorben. Las manifestaciones son correlaciones y demostraciones de fuerzas, en sí mismas no son revolucionarias, por lo que cabe otorgarle el valor que le corresponde y desviar la atención hacia sembrar las condiciones para que una manifestación sea integrada dentro de un proceso profundamente radical.

Ante la coyuntura actual, nos vemos en la necesidad de identificar determinadas formas de hacer política, dónde colectivos, individualidades, académicos, partidos, sindicatos, pretenden actuar cómo vanguardia de un movimiento que les excede. Ciertamente, este exceso nos empuja a diagnosticar dónde se puede estar fallando para evaluar y trazar alternativas.

Paternalismo

El primer vicio heredado es el paternalismo característico de determinados sectores políticos que se instituyen como los portadores de una elevada conciencia y superioridad moral, estratégica o intelectual. Pretenden llevar la “verdad a las masas” y “conducirlas” al triunfo. En este sentido, reforzar los cortes que se establecen entre el pueblo y los colectivos que pretenden dirigir supone la quiebra de establecer una ruptura real con el modelo clásico de vanguardia y masas. Equiparable al formato “colectivos organizadores”, “sociedad civil”, o mediante la estratificación y jerarquización en la movilización en base al lugar que se ocupa dentro de la lucha.

Nos dice Raquel Gutiérrez, “se trata no de «dar la línea», reclutar y formar «cuadros» al modo como se expande un culto religioso evangélico para «salvar» almas, sino de unificar, de aprender, de escuchar y promover posiciones concretas frente a todos los problemas prácticos inmediatos y estratégicos que se vayan presentando”.

Por lo tanto, cualquier espacio político estanco y no abierto a la dinámica de reconfiguración continua de las posiciones de poder que se fragua, inevitablemente, terminará fortaleciendo las dinámicas de poder instauradas no sólo dentro de las asambleas, sino con el pueblo del que formamos parte.

Idealismo metodológico

En segundo lugar, podemos ubicar otro error en las luchas sociales, la superposición de la teoría a la estrategia, presupuesto característico del idealismo militante y activista. En esta línea, el lugar dónde la teoría se hace y se deshace es la configuración de estrategias y

tácticas. Si buscamos confirmar la teoría mediante la práctica, terminamos siempre mirando por una mirilla el campo de posibilidades que se nos ofrece. De lo que se trata es de abrir el abanico de imaginación política y articular respuestas y modos de organizarnos que escapen a las lógicas clásicas que, una tras otra, han demostrado su inoperancia.

Por otro lado, anteceder la práctica a la teoría significa priorizar el carácter de aprendizaje teórico continuo en la lucha social y nos otorga mayor flexibilidad a la hora de trabajar con distintas posturas teóricas. En otras palabras, en vez generar tensiones y disputas teóricas para comprobar cual se encuentra más cercana a la “verdad” o a las condiciones materiales y subjetivas, tal vez si asumimos que acertar o desacertar en la práctica supone una evaluación de todas, sin excepción, de las teorías y visiones políticas que operan. El punto clave está en crear y trazar luchando, una continua actividad de creación dónde no se espere un punto de llegada, sino un permanente estado de revisión y negociación continua.

Justamente, el sobredimensionar lo teórico se denomina tradicionalmente idealismo, el cual conlleva dotar de saturar lo discursivo frente a las condiciones materiales y subjetivas. Una de las posturas que se escucharon tras el 20A es que “la movilización ya generó su impacto en los discursos políticos” y que, por lo tanto, ya ha dado provisionalmente sus frutos hasta nuevas correlaciones de fuerza. Esta lectura cuanto menos resulta de un claro idealismo ingenuo dónde el discurso adquiere una fuerza sobredeterminante que no se corresponde para nada con las condiciones materiales y subjetivas. El discurso político se halla en una ambivalencia dónde las posiciones políticas son reubicadas con demasiada facilidad basadas en una opinión publicada, pero en la práctica, continua perpetuando la dominación del capital. La desconexión del discurso con respecto a la acción política es abismal. Por lo tanto, el eje de actuación tiene que poner en el foco a la acción política y atajarla. De este modo, si el objetivo era captar la atención discursiva de las instituciones políticas, si podríamos darnos por satisfecho, pero los objetivos tal vez pudieran ser diferentes a una simple llamada de atención. Como veremos más adelante, esto es otro ejemplo de la ingenuidad ilustrada de que “la soberanía popular” y “la voluntad popular” reside en el pueblo y se traduce políticamente.

La substancialización del conflicto social

En relación con la sobredimensación de la teoría, cabe señalar un proceso particular que se ejecuta y que se confirma casi como acto performativo en su momento de discusión en las asambleas. Es decir, al enunciarse genera efectos de verdad que de hecho si atendemos a sus concreciones vemos que no coincide con el modo en que se configura el orden social. La fetichización de las categorías teóricas termina petrificando las relaciones sociales e imposibilitando toda lectura del modo en que se tejen las relaciones estratégicas, distribuyendose las alianzas y las posiciones de manera irregular y asimétrica. De este modo, si la teoría se dirige a “ordenar la realidad”, es decir, a intentar plasmarla de manera definitiva dándole un lugar estanco a los puntos moleculares de resistencia y a las fuerzas que se enfrentan, se vuelve inoperativa. La teoría debe dirigirse a desordenar lo real, es decir, a desvelar la apariencia de orden y fijeza en el modo en que las relaciones de poder se establecen, estando atentos y actuando en su seno para explotar cada coyuntura. Substancializar el conflicto social significa entenderlo en términos de identificar “aquello que permanece”, identificando las posiciones que se enfrentan en términos antagonistas reduciendo la realidad social a una construcción teórica idealista incapaz de entrever los

procesos heterárquicos de las correlaciones de fuerza. En definitiva, nos impide “actualizar” cada estado del modo en que las resistencias y las fuerzas actúan en cada situación estratégica. La perspectiva totalizante de capturar lo real hace que se nos escape cada posibilidad estratégica actual y temporal de intervenir en el presente.

La teleología en la lucha

En tercer lugar, la teleología imperante en los movimientos sociales, priorizar los resultados y los objetivos frente a toda devaluación del proceso mismo de movilización social. Es decir, entender que el elemento decisivo de toda “teoría política” es la capacidad organizativa y estratégica de trabajar de manera conjunta desde distintos puntos de partida. Entender que el colectivo (sea un espacio político específico o una asamblea dónde participan distintas posiciones políticas) es un agente vivo y dinámico que antes de asegurar las ideas políticas, debe asegurar su propia capacidad de supervivencia y estabilidad cómo órgano. En definitiva, priorizar el “movimiento” frente a todo punto de llegada, establecer las mejores condiciones posibles para que la lucha no finalice, estar siempre en “alerta” ante las posiciones que pretenden dar por cerrada la lucha porque “determinados objetivos” se hayan cumplido o no. Lo que llamamos junto a otras muchas: crear contrapoder. O lo que es lo mismo, instituciones populares participativas y abiertas, frentes de lucha, asociaciones gremiales, sindicatos, grupos de acción directa con capacidad de pervivir a la represión, injerencias internas como personalismos, fracciones, egocentrismos, etc.

Por otro lado, vuelve a aparecer sobre el debate la necesidad de estructuras sólidas dónde canalizar el malestar social, sin embargo, si se construyen de manera rígida, impide adecuarse a cada coyuntura, a cada posibilidad revolucionaria en marcha. En otras palabras, lo difícil y efectivo es trabajar conjuntamente para sacarle el máximo partido a cada contexto. Esto sólo es posible mediante el trabajo permanente, conformando espacios que garanticen las condiciones posibles para cada lucha social, no esperando a las coyunturas e ir aprendiendo al trancazo. Las condiciones posibles para toda lucha social no es otra cosa que el propio correlato social y personal a toda lucha, ¿a caso podemos luchar sin conciliación familiar? ¿A caso se puede luchar si no tenemos la vivienda garantizada? Lo que queremos señalar con esto es que el enfoque tradicional de “luchar” por todas esas personas que no pueden, recae de nuevo en el paternalismo y en tomar los objetivos como ideales absolutos, y no como ideales regulativos. Como ideal regulativo nos referimos a algo que guíe nuestra acción política, y no como un objetivo idealista al que llegar. Si reivindicamos el acceso a la vivienda, tal vez debamos abandonar dichas demandas a las instituciones políticas, porque de hecho, nos demuestran una y otra vez que son incapaces de hacerse cargo de los asuntos políticos de la clase trabajadora. Si abandonamos finalmente la esperanza en que la democracia representativa formal actual, las relaciones políticas con el Estado Español y Europa, el capitalismo, pueden ser transformadas institucionalmente, tal vez empezáramos a generar modos alternativos y profundamente revolucionarios que permitan asegurarnos la vida como pueblo. Podríamos resumir esto último bajo este rótulo: “Las personas deben poder decidir y participar en los asuntos que a ellas afectan”. En Balafía, consideramos que exigir a la política institucional supone restarle poder de gestión al pueblo, no queremos exigir, queremos tomar, asumir, autogestionar, no delegar, sino hacernos cargo de lo político. En definitiva, consideramos que lo verdaderamente revolucionario es la construcción de redes y modos alternativos de entretejernos más allá de la mediación institucional y del capital.

Por lo tanto, estrechar vínculos con las distintas luchas sociales suponen fricciones necesarias que enriquecen y garantizan la renovación teórica y práctica frente al entaliscamiento político que se vuelve inoperativo y sectario. En este sentido, supone convencer no sobre qué idea u objetivo político a largo plazo supone el verdaderamente prioritario, sino en atajar los asuntos que afectan a nuestras compañeras de clase en marcos de acción situados en las realidades concretas que habitamos (pueblos, barrios, puestos de trabajo, etc). en el corto y medio plazo mientras se empieza a vislumbrar el largo plazo en la realización práctica. Dicho de otro modo, una estrategia con flexibilidad táctica que sea operativa para atacar las condiciones actuales materiales y subjetivas de vida, hacer frente a la supervivencia inmediata de nuestro pueblo.

La unidad como resultado

¿Pretender la unidad? Con precauciones. Es de destacar una de las batallas ganadas por el pueblo canario en este nuevo ciclo, parece casi hegemónico el hecho del triunfo del discurso en la mayoría de la clase trabajadora canaria de que no es Canarias quien vive del turismo, sino que es la industria del turismo de masas la que vive (y muy bien) de Canarias. Buscar la unidad en este sentido, en el apoyo masivo a movilizaciones, a la solidaridad y el apoyo mutuo, por supuesto que sí. Pero nosotras no concebimos a los pueblos como masas homogéneas o ciudadanos libres e iguales. Partimos de lo que Emmanuel Rodríguez (Rodríguez 2018) y tantas otras de diversas formas llamaron “una política de parte” es decir, en las sociedades no solo existen grupos con intereses contrapuestos, sino que algunos son irreconciliables, entonces, si la homogenización ideológica es idealista, la unidad debe yacer en la práctica, en la unidad de acción, en saber que se podrá estar más o menos de acuerdo con las decisiones llevadas a cabo, pero saber que sólo se podrá saber si fue efectiva o no en la ejecución misma de dichas acciones. Si en algún momento se rectifica o se reconduce, bienvenido sea. Aprender haciendo y no nacer aprendidos y hacer.

Dispersar unitariamente

En quinto lugar, la unidad estratégica es compatible con la dispersión, se pueden estar trabajando las mismas o parecidas líneas estratégicas, pero desde distintos frentes, lugares, herramientas y tácticas.De hecho, lo vemos deseable, por lo tanto, evitar la dispersión por el afán vanguardista de dirigir mediante un comité asambleario situado además en la capital de turno dónde recaiga la capacidad política de un pueblo supone un error estratégico clásico y muy grave. Dispersar supone generar un frente de lucha allá donde haya personas dispuestas a volcar energías, constituidos como colectivo clásico o funcionando al estilo de un grupo de afinidad, independientemente de su grado de consciencia. Dispersar supone no excluir a la clase trabajadora, sino acercarse y promover la autogestión de cada lucha concreta y promover cada mínima expresión de autogestión que pueda desembocar en condiciones de existencia y acción inimaginables. Es decir, dichos colectivos sociales clásicos tendrían que o bien, acercarse al pueblo y generar allí espacios de participación política que no pasen por el clásico reclutamiento, o dejar hacer y colaborar en lo posible sin pretensiones de absorber o anular esas fuerzas vivas para estratificarlo.

La lucha no sólo es moral, es política

La entrada en escena de aspectos morales en las reivindicaciones sociales nos empuja a interpelar la dimensión individualizante de las luchas sociales. En este sentido, la moral

individual es relevante a la hora de impactar sobre las relaciones sociales y políticas que se establecen con el mundo y el entorno. Sin embargo, a la hora de luchar si optamos por discursos con tintes morales podemos caer en la individualización y relativización del movimiento político. Lo cual nos conduce a que determinados sectores políticos “respeten a la gente que sale a la calle”, porque no se ve como una amenaza política, sino como una amenaza “moral” e individual de individuos no organizados ni con poder político auténtico. Como sujetos que se sienten movilizados, no como sujetos de acción e intervención política en la coyuntura actual. De este modo, irrumpir en el actual modo en que se organizan las relaciones sociales y políticas, requiere de una dimensión política y orgánica (cómo un órgano vivo compuesto de individualidades) y no cómo una agrupación de malestares individuales dispares.

También sucede que auspiciamos a nuestros compañeros y compañeras de lucha a realizar acciones individuales espontáneas. El espontaneísmo supone “hacer por hacer” sin tener en cuenta una estrategia y sus tácticas. Hay que dotarlo de sentido político y colectivo a las acciones que se toman e integrarlas y coordinarlas para que, por un lado, refuerzan al colectivo y, por otro lado, generan más impacto. La acción directa debe canalizarse y gestionarse de manera colectiva para mitigar los riesgos posibles, supone el fortalecimiento de unos vínculos políticos y afectivos, el aprendizaje de la lucha política, etc. Relegar al individuo y exigirle la máxima moral y la máxima acción posible, suponer al igual que en el capitalismo, sobredeterminar al sujeto y dotarlo de un poder idealista. El problema es colectivo, y la solución pasa por saber gestionar lo colectivo para que la carga no le pese al individuo y ocasione el clásico síndrome del “activista quemado”.

Las asambleas como frentes de batalla

Otro motivo que ocasiona tal síndrome es generar espacios de “activismo” y militancia hostiles o, por lo menos, no abrir los espacios de diálogo necesarios para que se canalicen los conflictos irremediables a toda interacción social. De este modo, si presuponemos que aquello contra lo que se batalla es exterior a la asamblea y a los espacios políticos, partimos de un punto de partida equivocado. El primer espacio dónde los discursos y los individuos chocan son las asambleas, dichos espacios no están al margen de dinámicas de poder que operan en el espacio social. La frontera entre “colectivo social” y “sociedad” es un corte que realizamos para validar y justificar, en muchas ocasiones, discursos políticos en base a dinámicas de poder por razón de género, clase o raza. A esto cabe añadirle el gran peligro de la lucha social que es el individualismo, la ausencia de autocrítica (o excesiva ortodoxia) y la superioridad moral. Por último, cabe tomar en consideración el “poder adulto” que también ejerce un poder sobre las generaciones más jóvenes, en este sentido, se presupone falazmente que la experiencia valida por sí mismo, cuando de hecho la toma de decisiones debe basarse en la fuerza argumentativa y en el sentido político. No a una asunción ciega de la “herencia activista” que presenta sus más y sus menos. Sin excepción, los espacios políticos no están exentos de la “ley de hierro”, generando disputas entre posiciones para la toma de la voz cantante y del control del espacio político, debiendo estar permanentemente alerta ante las dinámicas oligárquicas inherentes a todo espacio político. Se pueden establecer mecanismos que permitan reducir su impacto mediante la conexión con el pueblo. Si participamos junto con nuestras vecinas a pequeña o gran escala, no nos desconectamos del hecho de que no existe vanguardia ni pueblo que dirigir, y mediante la interacción con distintas sensibilidades políticas y experiencias de vida, uno también va

lidiando con la heterogeneidad que nos rodea y volviéndose necesario comprometerse con-el-otro aún a expensas de saber que tal vez no será recíproco, pero al menos con la intención de generar unas redes de apoyo que permitan crear comunidad, en el sentido político de conservar la vida y hacer del territorio un espacio habitable, sabernos interdependientes y frágiles para entender que sólo la comunidad a distintas escalas puede asegurar las condiciones materiales y subjetivas de vida.

En esta línea, lo interesante es “gobernar lo menos posible”, controlar lo menos posible, tomar la asamblea como un espacio soberano en aprendizaje, lo decisivo no es acertar, sino establecer los mecanismos adecuados para que el acierto o desacierto sea producto de unas relaciones discursivas lo más igualitarias posibles. Tomar la asamblea como máximo refugio del colectivo, como un organismo vivo, dónde ninguna parte intenta imponerse al pueblo. En esta línea, hay que entender toda contribución individual (experiencias, saberes, cuerpo, fuerzas, etc.) como al colectivo, el individuo se disuelve y se entrega ante algo que le excede, pero ante el cual se entrega por voluntad política.

Si tomamos los factores anteriores como delimitaciones de los espacios de lucha social, podemos afirmar otra vez más que lo principal y dónde hay que canalizar todas las fuerzas es en establecer un organismo vivo capaz de sanarse y de sobrevivir gracias a la intervención y coordinación de todas sus partes. Las organizaciones políticas y los frentes de masas son los espacios dónde plantear debates incómodos pero con la suficiente garantía de que su resolución será efectiva y sana. La lucha bajo ningún concepto es individual, y ningún individuo liberará al pueblo, los salvapatrias no existen. La mejor forma de realizar este trabajo individual de entenderse como partícipe de un colectivo que adquiere dirección propia, es lidiar y participar del pueblo. El escaso relevo generacional conlleva que las posiciones de los colectivos se mantengan estancas y no se renueven sus planteamientos. No hay que temer a las nuevas derivas de los colectivos porque ningún colectivo tiene una identidad por encima de la acción de sus componentes, por lo que la actuación de estos puede generar cambios en la dirección del colectivo.

Este enfoque desde el que se plantea la lucha social no es otra cosa que salvar con matices el viejo concepto de militancia. El concepto de activismo está permeado por cierto corte individualista y moralista, dónde las posiciones que se ocupan son móviles y fluctúan en función de la conciencia activista moral. En este sentido, el activista es aquel individuo que establece por encima de la soberanía del espacio, su juicio, y, por ende, boicotea, se escinde o abandona, por no coincidir la deriva del colectivo.

De este modo, para garantizar la propia supervivencia de los espacios sociales y políticos hay que dotarse de una cultura militante que en su puesta en marcha garantice establecer los mecanismos necesarios para organizarse y establecer el fundamento orgánico-político para llevar a cabo la acción política. En definitiva, establecer espacios seguros, orgánicos, militantes, discursivos, comunitarios, con sentido político, con estrategia y flexibilidad táctica, y sobre todo, constantes en la lucha y con determinación.

La fuerza se desvió

Por un instante, parecía estar el foco el asedio que se estaba produciendo hacia el sector turístico de manera directa, ocupando y detonando las contradicciones en sus zonas. Sin embargo, la atención se desvió hacia las instituciones políticas y sus gobiernos. Volvemos a

pecar del idealismo mencionado anteriormente, agarrándonos a la idea clásica de que “el poder político reside en la voluntad popular”, es decir, que vivimos en una democracia dónde la política vela por los intereses populares. De igual modo, allí dónde opera este presupuesto erramos estratégicamente porque nos impide asumir la responsabilidad de la intervención política en el territorio que se puede llevar a cabo sin mediación institucional. Por ejemplo, cuando apelamos a votar generalmente presuponemos que el voto es el modo de hacernos cargo de nuestra responsabilidad política, la cual la realizamos por distintos motivos (impedir que salga la ultra-derecha, por convicciones políticas, por boicotear, etc.). Sin embargo, no negamos que el voto pueda ser estratégico y en diferentes posturas en las tácticas, pero presuponemos que delegamos la gestión política en sujetos. Lo cual, nos resulta problemático, porque nos impide hacernos cargo de lo común y de entender lo político como algo más amplio que la política institucional.

En este sentido, volvimos a obviar que el poder político reside en el capital turístico, el turismo es la piedra angular de toda acción política, tanto institucional como de lucha social. En el momento en que la atención se desvió del sector turístico hacia las instituciones políticas, decayó la fuerza intempestiva. La lucha sí o sí está en la autogestión a distintos niveles de acciones que repercutan sobre el capital turístico y que aseguren la vida a nuestra gente. Si la clase trabajadora canaria es la única que puede velar por sus intereses, cabe repensar el modo en que nos organizamos y trazamos estrategias que permitan desincentivar el turismo, dificultar la labor de los fondos buitres que sigan explotando viviendas vacacionales, por ejemplo. Claros ejemplos estamos viendo de que dichas estrategias generan su impacto, tal es el caso de Salvar La Tejita, Cuna del Alma, o en Lanzarote, dónde un colectivo está allí dónde deben estar para señalar, defender, y explotar la contradicción. El futuro está en los frentes de masas que permitan explotar las contradicciones de manera ininterrumpida, al estilo de las luchas de desgaste, que permitan aprender haciendo, fortalecer los vínculos políticos y sociales con nuestros vecinos y vecinas a través de instituciones populares que minen el dominio de unos pocos explotadores extractivistas de recursos, territorios y cuerpos.

Para finalizar, en el fondo, a las masas no se puede dirigirlas por mucho que alguien lo pretenda, lo que se puede es anularlas, arrebatarles su capacidad política y convertirlas en un grupo inerte, acrítico, una cáscara vacía. Su capacidad política de participar en los asuntos que nos atañen más allá de ser canalizadores de un malestar social dentro de una manifestación. Sino, dotarlo de las condiciones materiales y subjetivas para que puedan empoderarse políticamente, tomar decisiones, intervenir en el presente, etc. Desde nuestro punta vista, aquí radica lo verdaderamente revolucionario, sembrar frentes de lucha en cada barrio, pueblo, comunidad de vecinos; estableciendo como objetivo prioritario el garantizar las condiciones mismas para que dichos frentes permanezcan vivos, autónomos, (auto)críticos, flexibles, dinámicos; establecer mecanismos de comunicación entre los mismos frentes para mejorar las estrategias que se estén llevando a cabo; no dirigir sino acompañar y aprender mutuamente en un proceso permanente de creación político-estratégica inagotable e irreductible a una teoría política o a una coyuntura; atacar de manera con-junta pero sin centralismos ni vanguardias, respetando las soberanías de cada frente de lucha pero sometiéndose a un proceso de revisión continua colectiva; atacar en definitiva a las relaciones de poder (capitalistas, género, raciales, etc.) y también desde los afectos y disafectos, desde las inmediaciones de las necesidades y objetivos concretos, es decir, sin escapar a la dimensión más absoluta del presente cómo el estar-aquí, no en un

estar-en-todo-el-presente. Sólo si asumimos el carácter parcial de toda lucha, podemos entender que el carácter global supone el idealismo más absoluto y que nos aleja estratégicamente del lugar concreto y limitado que habitamos, dentro del cual tenemos la máxima potencia de intervenir, frente al todo-mundo que se nos escapa cada vez que nos acercamos. Hacer comunidad en cada rincón hasta desmantelar el tinglado desde los bordes. Más importante que atacar es construir espacios dónde la presión de las distintas fuerzas de poder (relaciones de poder, instituciones políticas y sociales, capital, engenerización, racialización, etc.) sea atenuada. Sentirnos aliviadas y refugiadas, resguardar nuestra salud física y mental para poder realizar la ardua tarea de generar procesos revolucionarios, no en cuanto que se pretenda tomar el poder político, sino en cuanto que construye poder político desde abajo hasta que la verticalidad institucional política se vuelva inoperativa, porque el pueblo ya está gestionando lo común y habrá okupado todo el espacio social.

No exigimos que atiendan a nuestras demandas, no apelamos a la caridad política ni de la patronal, no queremos que sean escuchadas nuestras proclamas, queremos llevarlas a cabo, no vamos a delegar en nadie nuestra participación política, vamos a intervenir en el presente generando figuras del contra-poder hasta que las instituciones políticas tradicionales no tengan nada que gobernar, porque el pueblo ya estará auto-organizado.

Balafía

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