Sáb. Oct 1st, 2022

El turismo es una industria que promete algo que no puede cumplir. Sus esfuerzos se centran en sacar rédito económico de una experiencia de alteridad entre naturales y foráneos que supuestamente ha sido consensuada. Sus narrativas insisten en ello a través de un sinfín de producciones culturales que escenifican bajo demanda la autenticidad de esa interacción. Sin embargo, tal promesa jamás llega a materializarse. Turistas y nativos no participan de forma igualitaria de sus ganancias y pérdidas.

Esta recreación controlada de la diferencia entre grupos sociales se ha convertido en una de las actividades más lucrativas de la economía mundial capitalista. Ello es debido a que el turismo trae al presente la mirada que exploradores, soldados, misioneros e inversores proyectaron durante siglos sobre la alteridad que aún representan determinadas minorías, como indígenas, campesinos, migrantes, mujeres, trabajadores, etc. Por eso en la actualidad tales posiciones aún transfieren un acerado antagonismo, a pesar de que hoy todos somos susceptibles de convertirnos en turistas; eso sí, siempre que podamos pagarlo.

El impacto en Canarias del negocio turístico no se puede separar de los efectos que tiene en el territorio su colonialidad histórica. Como patrón de poder capitalista, la colonialidad estructura su sociedad en torno a criterios raciales, de clase, género, de conocimiento y geopolíticos sin los que sería imposible explicar cómo se ordena su población. De ahí que no sea solo cuestión de suerteque la inmensa mayoría de los turistas que visitan las Islas procedan de países de rentas altas, así como tampoco es producto de la casualidad que la explotación laboral campe a sus anchas entre sus clases trabajadoras, sobre todo cuando estas se dedican al sector servicios.

La colonialidad también ilustra porqué tantos jóvenes formados aquí tienen que marcharse a países ricos en busca de empleo mientras crece el número de nómadas digitales provenientes de las mismas regiones del Norte. Y aclara, a la vez, por qué el crecimiento demográfico de europeos afincados en el Archipiélago no causa la misma alarma mediática que la llegada de personas de Latinoamérica y, especialmente, del África continental. Como se puede apreciar, la colonialidad orienta las preferencias de las empresas transnacionales y las instituciones públicas de las Islas a la hora de invertir recursos en integrar o excluir a grupos de población.

A ello hay que añadir que el turismo, como punta de lanza del desarrollo capitalista, se sigue reproduciendo sus lógicas de acumulación y despojo. En este caso, mediante la implementación de mecanismos permanentes de adquisición de cada vez más territorio, infraestructuras y recursos destinados a dicha industria, los cuales son incautados parcial o totalmente a las clases populares de las Islas. Y este es el origen de buena parte de problemas que ahora mismo más preocupan a la gente de Canarias, como la contaminación, el alza de los precios, la gentrificación, la especulación urbanística, la corrupción política, el auge del racismo y el sexismo, etc.

Así pues, no solo es consecuencia del turismo, sino un rasgo inherente al desarrollo del capitalismo que la mayoría social del Archipiélago se vea afectada por las formas de desigualdad que dicha industria tiende a recrear. De hecho, envueltas en las producciones culturales de la economía turística, la legislación se incumple con mayor facilidad, sobre todo en lo relativo a la explotación de recursos naturales y fuerza de trabajo, minimizando con ello la degradación de la naturaleza insular y el sufrimiento de su población a través de la romantización de la precariedad o la puesta en valor de las supuestas bondades de toda “modernización”.

No en vano, también es una constante histórica que parte de los grupos que acusan tales formas de opresión esté logrando tejer alianzas para combatir lo que las origina. Por fortuna, en los últimos años la sociedad canaria ha protagonizado numerosos episodios de lucha para mejorar sus condiciones de vida y poner freno a la destrucción de su medio ambiente. La situación inadmisible de sus sectores populares, empobrecidos al mismo tiempo que se baten récords de ocupación hotelera, y también de su naturaleza, amenazada por macroproyectos de toda índole, ha hecho mella en la fantasía consensual en que se ha sostenido hasta ahora la industria turística. Y esto ha hecho evidente que la productividad de semejante modelo no es viable sin la injerencia del patrón de poder de la colonialidad, gracias al cual, insisto, las clases trabajadoras del Archipiélago están empezado a tomar conciencia de su situación de desventaja.

Las personas que en Canarias apoyan las protestas contra este modelo de desarrollo forman parte de sus heterogéneas clases populares. Casi siempre se trata de gente de las Islas o que ha llegado a ellas para trabajar en muchos casos desde países del Sur, y sus batallas por salvar Tamadaba, Tindaya o la Tejita representan, junto sus demandas por un reparto más equitativo de la riqueza, algo más que episodios aislados. Son la expresión de un malestar en aumento que exige cambios en un sistema que amenaza con reducir los valores naturales y culturales del Archipiélago a las dimensiones de una atracción turística.

Al poner el cuerpo para hacer visible este disenso que crece, los activistas que han detenido las palas que destruyen el Puertito de Armeñime están exigiendo el lugar que les corresponde y ha sido negado en la deficiente democracia que reina en Canarias. No reparar en sus peticiones no sólo de carácter ecologista, sino también por una mayor soberanía, justicia social y ambiental en las Islas sería un error irreparable para un gobierno que dice ser el más progresista de su historia.

En definitiva, con la culminación de proyectos como Cuna del Alma está en juego algo más que otra promesa incumplidade un modelo turístico insostenible, en tanto que impregnado de colonialidad. Nos estamos jugando la redefinición de los propios límites de cuanto constituye y excede nuestra idea de sociedad.

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