Por una escuela donde la infancia decida

Exijamos al Gobierno que deje de ser cómplice de una escuela disciplinar que obedece a un capitalismo bárbaro e inhumano de vigilancia, control y producción, y empiece a imaginar que otro mundo, donde la vida está en el centro, es posible.

Hace unos días salía en los periódicos del Archipiélago que la Consejería de Educación en Canarias se planteaba comprar 10.000 tabletas digitales para el alumnado sin recursos durante la cuarentena. Días después, se confirma la noticia con 4.309 tabletas compradas. Según el director general de Ordenación, Innovación y Calidad educativa, Gregorio Cabrera, “el propósito es que ninguna familia de las islas con hijos en edad escolar quede apartada de la senda educativa por falta de recursos económicos que les impidan estar conectados”.

La infancia parece ser la gran olvidada dentro del discurso de la libertad y el derecho a ser y vivir dignamente a lo largo de la Historia, lo cual se ha visto reflejado especialmente ahora en las decisiones del gobierno para las medidas contra el coronavirus. Y es que el derecho de los niños y las niñas no puede pasar sólo por aprenderse el contenido de unos libros que les obligan a repetir como loros. El derecho a la educación pública y de calidad, pasa también por el derecho a la dignidad humana, por el derecho que tiene el ser humano desde que nace, a ser. Y “ser” implica que dentro de los límites que establece una convivencia en sociedad, las niñas y los niños de nuestra comunidad puedan decidir su crecimiento personal: sus juegos, sus ritmos, sus relaciones, el qué, cómo y cuándo quieren aprender dentro de un marco de confianza. Lo que viene a ser un aprendizaje respetuoso con el sujeto que aprende.

En este caso, la cuarentena es una situación que se presenta como una oportunidad para probar un modelo educativo justo y humano dándonos cuenta de que la educación tiene que traspasar la barrera del contenido curricular. Es cierto que existen familias sin recursos en las que los niños y las niñas no tienen la posibilidad de acceder a las clases virtuales que tanto se han empeñado desde la Consejería de Educación en continuar, mientras la vida se nos ha paralizado por completo.

 Las familias están inmersas en un sistema que nos absorbe y exprime hasta el punto en que el abandono emocional de los niños y las niñas es mucho más preocupante que el de la carencia académica. Tal vez deberíamos aprovechar esas tabletas que quieren instalar en todas las casas de Canarias, para asegurarnos de que los hijos y las hijas de aquellas familias que no pueden ofrecerles presencia y acompañamiento, tengan la posibilidad de ser acompañadas en este proceso tan insólito y desalentador, ya sea por sus compañeras, por sus profesoras, por trabajadoras sociales o por familiares. Quizás la manera de relacionarnos y acompañarnos sea la clave principal del aprendizaje humano en una circunstancia como esta, más allá del abecedario, las sumas y la memorización de una historia mal contada.

Desde la existencia de la escuela como tal, la infancia ha sido siempre concebida como frascos que rellenar de un contenido académico que jamás deciden ellos mismos. Incluso desde posiciones más humanistas, la infancia ha sido el colectivo más vulnerable y olvidado teniendo en cuenta que la educación pública que defendemos es, prácticamente, la misma que se creó en la Revolución Industrial pensada para la formación de trabajadoras de las fábricas. Con una relación maestra-alumna totalmente jerárquica, con una ratio que dificulta la atención personal y con una metodología en la que el conocimiento y el aprendizaje va desde arriba hacia abajo. Es decir, una educación que no respeta a los niños que aprenden. Ahí radica el problema de esta sociedad enferma. La violencia inherente en nuestro sistema de producción y “bienestar” rinde culto a la auto-esclavitud, sumisión e individualización generando así uno de los grandes problemas de la humanidad del siglo XXI: la guerra contra nosotras mismas. El resultado de tal guerra genera en esta sociedad del rendimiento (como diría Byung-Chun Han) enfermedades psíquicas que se manifiestan en niñas, niños y adultos, con TDH (Trastorno por déficit de atención con hiperactividad), depresiones, ansiedad, pánico y fobias que devienen única y exclusivamente del propio ser humano. Esta guerra no es producto de la casualidad, sino parte de un entramado sistémico que se ha creado para formar soldados de batalla útiles para la producción.

El sistema educativo que vivimos en la actualidad está planteado, no para que las personas puedan ser, crear, pensar y desarrollarse como tales, sino para servir a un mundo enfocado al éxito, ya sea al éxito financiero, o al éxito intelectual, ambos bienaventurados en un sistema neoliberal que no concibe el presente de los niños y las niñas como un valor por sí mismos, sino como futuros operarios de producción. La escuela tradicional que todas hemos vivido y que a día de hoy seguimos defendiendo está creada para producir fieles esclavos de una autoridad escolar que en un imaginario no muy lejano representa simbólicamente a una autoridad carcelaria, no sólo por sus infraestructuras arquitectónicas (exacto reflejo de las cárceles penitenciarias) sino por las normas y el trato jerárquico e irrespetuoso que sobrevive, dos siglos después de crearlas como fábricas de trabajadores, en las escuelas de hoy día.

No es una locura entonces ubicar la raíz del problema de nuestra sociedad en la educación de base que recibimos. Una educación que atraviesa absolutamente todo, desde los conocimientos que adquirimos, a las relaciones que establecemos, la manera en la concebimos el mundo económica y socialmente, y hasta la propia existencia. Déjenme decir que ni la escuela como ha sido creada hasta ahora es educativa, ni la educación cabe en una pantalla.  Preocupémonos de que en esta cuarentena todos los niños y niñas del sistema escolar canario tengan una alimentación nutrida, de que en sus casas no haya abandono emocional ni físico, ni malos tratos ni abusos, ni pantallas en exceso sustituyendo la presencia y las relaciones humanas, y sobre todo, que en sus casas haya, para todas las familias y los seres que las conforman, la posibilidad de una vida digna.

Debemos poner fin, de una vez por todas, exigiendo al Gobierno que acabe con las inversiones económicas a las escuelas concertadas para acabar con las desigualdades sociales y culturales entre los ricos y los pobres. Que transformen las cárceles escolares en lugares agradables, sustituya las pantallas por brazos que acojan, los pupitres alineados por huertas alimentarias, los dictados infernales de los maestros y maestras por oídos adultos que escuchen. Que las voces y las emociones de nuestros niños, todos los niños, sean de la clase social que sea, se validen. Que las bibliotecas estén llenas de libros que no sean machistas ni colonialistas, acordes al entorno en el que viven, ricos en variedad y conocimientos, pero sobre todo, atractivos a los ojos que los leen. Despertemos el pensamiento crítico para que puedan leer y analizar el mundo en el que viven. Que aprendan a organizarse  y hermanarse cooperativamente para vivir dignamente en este mundo de competitividad y desigualdades. Que el conocimiento no quepa en una gaveta rancio y limitado, sino que sea tan rico y diverso como la imaginación lo haga posible. 

Aprendamos a leer el fértil mundo del juego libre de la infancia y descubramos con ellas todo lo que la imaginación  puede aprender por sí sola. Pero sobre todo, intentemos hacerlo posible para todos los niños y niñas de las islas, porque por mucho que intenten convencernos de lo contrario, tanto el virus como el sistema educativo entienden de clases sociales. Exijamos al Gobierno que deje de ser cómplice de una escuela disciplinar que obedece a un capitalismo bárbaro e inhumano de vigilancia, control y producción. Empecemos a imaginar que otro mundo, donde la vida está en el centro, es posible.

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