Mié. May 13th, 2026

Introducción. Un llamamiento a la crítica y a la reconstitución del común

Para empezar, el propósito de este texto es clarificar las reflexiones llevadas a cabo en el artículo “2OA: Aguardando el desbordamiento” publicado en el Blog de análisis, reflexión y opinión escrita de Radio Pimienta “Majado”. Sin embargo, a diferencia del anterior cuya pretensión era de ser un manifiesto y expresar un desencantamiento sobre el 20A y las luchas sociales en Canarias, en esta ocasión intentaremos fundamentar aquello que vislumbramos en dicha declaración de intenciones. Para ello, cabe responder a las siguientes preguntas para situar mejor desde donde enunciamos la crítica: ¿Quiénes somos? ¿Desde dónde problematizamos?

Balafía es un proyecto filosófico, por lo tanto, no somos ningún colectivo social ni político. Sin embargo, estamos comprometidos con participar de una analítica de nuestro presente, llevando a cabo tertulias de problematización desde distintas coordenadas teóricas que versan sobre diferentes cuestiones que nos sitúan a los sujetos situados en Canarias a repensar nuestra relación con las condiciones materiales y subjetivas. Si tuviéramos que hacer un posicionamiento político explícito, distanciándonos brevemente de nuestros postulados filosóficos más profundos y buscando aproximaciones en categorías políticas, seríamos anarquistas, nuestra trinchera es la lucha contra el modo de producción capitalista, las alianzas imperialistas y los colonialismos, el modo de organización política y social estado-céntrica (tanto en la forma institucional como en los movimientos sociales), contra el dispositivo sexo-género-deseo, el dispositivo del racismo, del punitivismo, del capacitismo, de la patologización de la salud mental, etc.

No obstante, mantenemos una relación de interioridad-exterioridad con las luchas sociales para intentar pensarlas desde el límite que permite identificar sus opacidades lo más desprendida posible de “los automatismos internos” y “la torre de marfil externa”. En última instancia, acompañamos a las luchas sociales desde un lugar inestable y frágil, no siempre es posible habitar dicho límite y, con pesar, asumimos las inclinaciones a cada lado. Sin ninguna duda, hay factores que nos nublan por igual, desde las relaciones de poder internas y el calor de la lucha, hasta los privilegios y la distancia externa. Desgraciadamente, lamentamos que en ocasiones el lenguaje utilizado pueda suponer una barrera que justamente pueda excluir a las comunidades que se quiere invocar. Lo asumimos y estamos a disposición de esclarecer cualquier aspecto del texto que pueda ser confuso o complejo. Por otro lado, también estamos abiertos a generar este debate en el seno de las luchas sociales para escuchar y afinar por medio de la discusión política las estrategias de movilización social.

Sin más preámbulos, pretendemos realizar una lectura que interpele a las luchas sociales en Canarias para intentar amplificar la fuerza de unas capacidades de lucha y problematizar otras. Por el camino se pretenderá también registrar ciertos saberes y prácticas para barajar las posibilidades existentes y por hacer para un futuro cada vez menos habitable y más peliable.

Esta serie se propone como un experimento mental y una hoja de ruta para desplegar la energía social latente, actuando como «enjambres sísmicos» que, sin necesidad de un mando único, intensifiquen y extiendan la autodeterminación política en Canarias, es decir, la gestión comunitaria de los asuntos que nos involucran y que desafíen la acumulación del capital, los distintos dispositivos y el estadocentrismo.

Habitar Canarias es experimentar la tensión constante entre la irrupción volcánica del descontento y su rápida cristalización en inercia. La historia reciente del archipiélago expone una herida estructural: una concatenación de ciclos de efervescencia social que emergen con fuerza tectónica para, irremediablemente, terminar canalizados, burocratizados y disueltos entre la institucionalización y la desmovilización. Esta es la contradicción fundamental que nos asedia, no enfrentamos una ausencia de conflicto, sino una incapacidad crónica para sostener formas duraderas de reapropiación de la vida frente a un régimen que nos expropia sistemáticamente. El conflicto, cuando estalla, es rápidamente domesticado desde el límite del aparato del Estado y, por otro lado, por las propias luchas sociales.

Este escenario exige delimitar rigurosamente el campo de batalla. La dominación en el archipiélago no opera únicamente a través de la violencia explícita del extractivismo turístico, la precariedad impuesta o el caciquismo sedimentado; opera, de forma mucho más insidiosa, a través de una disposición afectiva y política que colonizó la subjetividad isleña. Se trata de un régimen histórico de inhibición, miedo y desconfianza que estrecha el campo de lo imaginable y confina las opciones vitales al repliegue, la huida o la resignación. Sobre este sustrato operan las falsas separaciones del pensamiento liberal —la escisión entre lo político y lo social, lo económico y lo representativo— que fragmentan la experiencia comunitaria y desactivan el antagonismo. Para desentrañar esta madeja, es preciso convocar un arsenal conceptual anclado en la inmanencia de las luchas: el horizonte comunitario-popular, las prácticas instituyentes, la autonomía relativa y el contrapoder.

Frente al relato de la derrota constante, se impone una tesis ineludible donde el fracaso recurrente para articular un poder popular autónomo en Canarias no es solo el resultado de la asimetría de fuerzas frente al Estado y el capital, sino el síntoma de una claudicación interna. Las propias luchas sociales interiorizan los vicios del límite que pretenden sobrepasar al disputar la gobernabilidad política sin formar parte de ella y esperando al menos el repliegue del actual gobierno político. La esterilidad de gran parte de nuestra resistencia radica en la mediación vanguardista y en la ilusión estadocéntrica, lógicas que secuestran la capacidad de decisión de las comunidades para delegarla en coordinadoras, plataformas o partidos que aspiran a administrar el malestar en lugar de transformarlo. Mientras la emancipación se siga pensando como una conquista del aparato estatal o una petición de auxilio a la institucionalidad, la energía transformadora continuará fluyendo hacia depósitos ajenos, operando al servicio del mismo orden que la originó.

El movimiento del pensamiento que se despliega ante esta realidad exige, por tanto, una profunda dislocación de la mirada. El recorrido no ascenderá hacia las abstracciones de la macropolítica, sino que descenderá hacia las fallas subterráneas de la organización social. El trayecto analítico parte de la demolición de la hegemonía vanguardista, desnudando la función sacerdotal de quienes pretenden dirigir a las masas desde una exterioridad tutelar y representativa. Desde ahí, el pensamiento se desplaza hacia la disección de las dicotomías liberales, disolviendo la ficción del Estado como árbitro neutral para situar el conflicto en el núcleo de la reproducción material de la vida y la política de la presencia. Este desplazamiento conceptual obliga a internarse en las trincheras cotidianas, abordando la disputa por el ocio mercantilizado, la cultura patrimonializada y el trabajo subalternizado como territorios donde se forja —o se asfixia— la subjetividad colectiva. Finalmente, la arquitectura del proyecto desemboca en la articulación de una gramática del contrapoder, entendida no como resistencia aislada, sino como la diseminación de asambleas, la autoorganización y la creación de infraestructuras que hagan posible el autogobierno sostenido.

Lo que se dirime en este desplazamiento es el núcleo mismo de la supervivencia política. Aceptar esta premisa implica someter a una crisis irreversible a la izquierda institucional, al sindicalismo de concertación y al activismo de la representación. Significa abandonar el romanticismo de la derrota, la repetición en «modo automático» de los métodos heredados y la delimitación estrecha de lo políticamente realizable. En juego está la recuperación de la «capacidad de hacer»: la potencia colectiva de arriesgar, deliberar y ejecutar sin pedir permiso y sin tutela ideológica. Si la vida en común se asume como el eje de la disputa política, la autonomía deja de ser una consigna teórica para convertirse en una economía de la lucha y del cuidado, donde la construcción de redes de solidaridad, cajas de resistencia y espacios liberados es el anclaje material que impide que el conflicto se agote en el gesto.

Queda entonces abierto un abismo que ninguna teoría puede clausurar por sí sola. Si la historia nos advierte que toda erupción espontánea corre el riesgo de ser domesticada, y si el Estado y el capital permanecen al acecho para asimilar mediante la represión o la cooptación cualquier fisura en el consenso… ¿qué materialidades instituyentes debemos tejer en la inmanencia de nuestros barrios, barrancos, costas y montes para que la próxima crecida popular no vuelva a ser estancada? ¿Podrá un pueblo históricamente fragmentado, atravesado por la inhibición y la desconfianza, sostener el peso de su propia libertad sin entregarla, una vez más, a los administradores de la tragedia? En última instancia, la pregunta que intentaremos abordar es cómo aprender, de una vez por todas, a perpetuar procesos de lucha con incidencia en la correlación de fuerzas y acumular poder popular a la luz de la DERROTA del ciclo 20A.

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