por Pablo Estévez Hernández
[Con esta sección que he llamado Vaper Room, quiero aprovechar el espacio que da El Majado para presentar una serie de entradas que tienen en común el panorama actual canario, la cultura popular, la antropología del turismo y los pasitos de baile que damos ante este momento implosivo del capitalismo tardío]
Es difícil calcular las expectativas que son volcadas en un territorio como Canarias, un lugar considerado destino turístico. Nada cuantitativo puede sacarse en claro, pero sin duda es algo que está ocurriendo constantemente: todas esas ensoñaciones en la oficina o en las reuniones de trabajo, todos esos deseos aguantaditos, esperando que sea el momento de las vacaciones. Las expectativas viajan incluso antes que el cuerpo. Las imagino como en las gráficas que muestran los vuelos a Canarias, saturando el mapa de aviones amarillos; es más, multiplica esos aviones y tendrás una imagen abrumadora de lo que se espera, de toda la diversión que este lugar se supone tiene que dar.
Y es todavía peor que esto. Hace tres años, una publicidad poco original del Cabildo de Tenerife hablaba no ya de turistas, sino de viajeros: gente única (aunque diversa) que se ve fuera del plan trazado, gente que ve el mundo como una fusión de compras y acceso a experiencias, que adora la imagen desde la ventanilla de un avión al tiempo que la de un cuerpo sumergiéndose en el océano. Gente con nuevas expectativas. En el anuncio, estos viajeros vienen armados con smartphones, y apenas están desenchufados mientras disfrutan de la naturaleza. Se le dice a este viajero: “sumérgete en su gente…dale a me gusta… inspira… Porque Tenerife no es solo un lugar, Tenerife es un modo de sentir”.
Sobre los años noventa había una postal erótica que promocionaba Tenerife con cuatro mujeres arrodilladas, con el culo empinado, y prácticamente desnudas. Arriba de los culos se leía: “Enjoy Tenerife!” Por supuesto, el mensaje no tan subliminal y ultramisógino de la postal es el de “¡fóllate a Tenerife!”, disfruta la isla como un cuerpo de mujer convertido en objeto. En cierto modo, la absurda campaña del Cabildo no plantea ningún cambio, tan solo suaviza el tono y aporta ‘diversidad’. Y ese es para mí el temor más grande que provocan las nuevas expectativas: la capacidad de sortear la violencia del ideal masculino turista para hablar de “personas” viajeras y experiencias, de que “Tenerife despierta emociones”.
No es que el turismo se haya convertido en capitalismo cognitivo sin más, sino que, al doblar la servilleta y ocultar el mensaje de Enjoy Tenerife!, al dejar visible tan solo las emociones “correctas”, se entierra el sentido sucio y real de lo que diferenciaba esa actividad. Así que atrás quieren dejar no solo la imagen del turista colonial, sino también el kinki-chav británico y su sinceridad con respecto al destino que, por ejemplo, Irvine Welsh (el autor de Trainspotting) retrató tan bien en su novela Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo: “Me muero de ganas de volver a mi hogar, y desde luego ya no está aquí. Nah, para mí son las Canarias: sol todo el año y chochitos que vienen de vacaciones y se les cae la baba de ganas. Por mi Inglaterra se la pueden meter en el puto culo”. Siguiendo la crítica que hace Owen Jones a la demonización de la clase obrera británica, investigadores del grupo Alba Sud han comentando un proceso paralelo de representación estereotipada del turismo de clase baja en el estado español[1]. Pero el recurso de turoperadores, políticos y empresas a un turismo de calidad (en verdad más fino y elitista) no resuelve ninguno de los problemas directamente asociados al turismo de masas, sino que los magnifica: expande la lógica de consumo del territorio fuera de la burbuja turista.
Esta es la perversidad del nuevo cliente elegido por la maquinaria turística, el peligro de que la clase política y empresarial le ofrezca la isla como un espacio hiperreal donde cada rincón oculta una experiencia única. ¿Viajeros? La manía de grabar y fotografiar estas experiencias les hace parecer más como jugadores de Pokemón Go. Pero ya se vio que este tipo de propuesta se esfuma en cuanto borras unos cuantos corazones de la pared. Ahora el poblado marinero debe parecer aburrido para estos viajeros…
El aburrimiento es un arma poderosa en la resistencia al turismo de masas –y al capitalismo en general. Y, curiosamente, nuestra resistencia es contra el aburrimiento de captar la cultura local como un escenario reducido a la ficción digital-turista. El anuncio ridículo del Cabildo, al potenciar un turista que fusiona el mundo digital con el físico, convierte la cultura local y la naturaleza en otra imagen más que el turista ve al pasar el dedo; una lista de ítems que deben checkear como si fueran correos o stories. Nunca olvidaré la historia que me contó mi amigo Víctor, de una vez que estuvo sentado en un bar pequeñito de pueblo, en algún lugar recóndito de El Hierro, cuando dos turistas españoles entraron preguntando al personal: “¿Qué es lo qué hay que ver aquí? ¿El pueblo en sí?” Parece que Canarias, si quiere salvarse de alguna manera ante el colapso, debe convertirse finalmente en el anodino pueblo-en-sí, en algo tan poco atrayente y aburrido que sea imposible de chekear o de scrollear, en un continuum uniforme para la mirada turista. Pero conseguir eso no es tan fácil. El aburrimiento no es un aspecto total de la cultura posfordista, sino una parte de la ocupación diaria por donde el trabajo se expande flexiblemente llenando cada hora del día. La gente, en los centros de trabajo postindustriales, nunca está aburrida, está todo el rato haciendo cosas, pero esto hace que el consumo cultural y la vida digital sean aburridos[2]. Ese frenesí choca a veces con los ritmos de vida isleños más ‘tradicionales’. En un viejo chiste del humorista Manolo Vieira se cuenta que un anciano, que nunca en su vida abandono su pueblo natal, es visitado por turistas en ese rincón remoto de Canarias. Los turistas le preguntan: “¿Por qué no ha viajado usted a ver mundo?” El señor responde: “¿Pa qué? Si ya vienen ustedes”.
Entonces hay un aburrimiento que se contrapone a otro: el aburrimiento paradójico del isleño es inter-subjetivo, depende de cómo lo mires, pero desesperaría a cualquiera que adopte una mínima subjetividad posfordista. Uno debe sincerarse y reconocerse en esa subjetividad. Cuando era más pibe, la gente de mi barrio le daba un nombre a este aburrimiento: el “jaco” (creo que en alusión al estado catatónico en el que te deja la heroína). El jaco era esa creencia de que aquí nunca pasa nada relevante, de que hay que irse de El Tanque, de Los Realejos, de La Laguna y finalmente de Canarias. El jaco es esa manía excluyente de toda forma de avance o diversión. En su etnografía sobre la cocaína y la recolección de oro en un pueblo del Cauca, en Colombia, el antropólogo Michael Taussig dice que el aburrimiento es constante entre los más jóvenes. Una chica le dice que le dan ganas de volar fuera de allí. Más tarde, en esa misma etnografía, Taussig se conmueve al no saber si él mismo ha proyectado el aburrimiento sobre el pueblo que estudia, un dilema crucial para el quehacer antropológico[3]. Saber qué ha llevado a esta proyección sabiendo que el rol de antropólogo se asemeja al de turista, se torna interesante para posibles tácticas canarias de evitar la avalancha insostenible de aviones amarillos (los que simbolizan expectativas, pero también privilegios y posibilidades de extracción) hacia el Archipiélago.
Poca cosa saco de Taussig, salvo impresiones que se vuelven muy filosóficas: según Heidegger, para saber qué es el ser, hay que virar primero a lo que es la nada, pero en la experiencia humana esa nada apenas podemos empezar a intuirla si no es en el aburrimiento. En otras palabras, la dimensión ontológica humana es el jaco… y el jaco, si se vive en los ritmos desocupados de la vida de barrio de nuestra juventud, no es posfordismo, sino una condición más poscolonial. Es el aburrimiento desocupado el que puede llegar a este vacío, no el aburrimiento lleno de tics y de scrolls. El aburrimiento improductivo frente al aburrido movimiento y el entretenimiento constante (el tipo de aburrimiento pasado por el agua de Netflix que padecimos en la pandemia). Y visto de esta manera, ahora parece lógico pensar que las personas hiperocupadas en el capitalismo tardío no son seres, propiamente dicho, sino zombis sin alma.
El escritor canario Alonso Quesada tenía su propia filosofía sobre la nada. Decía que “la vida insular puede ser aquella nada bíblica de que se valió el Señor para construir este mundo”. Siempre imagino a Quesada como un tipo antinómicamente aburrido, siempre enjacado pero al tiempo ocupado en el ritmo frenético de los bares, las boticas, plazuelas, alamedas, cantinas y tiendas de la ciudad isleña. Quesada podría considerarse como el ‘primer antropólogo del turismo en Canarias’, título que ganó a pulso al retratar tragicómicos personajes ingleses de la colonia. La impresión que dan muchos de estos personajes es la de que cargan, también, un aburrimiento extraño, activo pero lleno de esa calma británica, parecida a la del general del ejército colonial a la que un tigre le come una pierna en el film El sentido de la vida, de los Monty Python.
Quesada contrapuso magistralmente esos dos aburrimientos al inicio del siglo XX: “el isleño se aburre emancipado” dice en un cuento en el que un isleño deja su trabajo asalariado y abre una tienda. “Todo el mundo, los ciudadanos del mundo, respiran a plenos pulmones en cuanto se emancipan. El isleño, en cambio, se aburre soberanamente”[4]. A partir de ahí no ocurre más que el suplicio de este autónomo por el aburrimiento que se autoinflige al soltar las ataduras del trabajo supervisado. Es como si Quesada anticipara algo: el tipo de nada (diferente a la nada que se llega por aburrimiento contemplativo) que se da al ganar una ‘libertad’, una que no es en absoluto mejor al delirio mecánico del fordismo, provoca un aburrimiento ansioso. Ese aburrimiento del isleño de la tienda se encuentra diseminado por el mundo postindustrial hoy día –ese regido por jefes guays que aparentan no mandar y por la mezcla incestuosa de ocio y trabajo. Si bien dejaron atrás a sus aburridos ancestros ―los que estuvieron con su letargo en estas costas para dejarse morir o trapichear con vinos, plátanos, hoteles y otros capitales― los ciudadanos del mundo (moderno-europeo) imitan ahora, más allá del tiempo para el alcohol y cánticos al Manchester United, su vieja tendencia vampírica de salir momentáneamente de la vida vertiginosa del capital y venir a Canarias a “sumergirse en su gente”…. Sin embargo, una vez aquí, hacen más de los mismo: otro like más…
Unas alumnas, tan perspicaces como únicas, me dieron una imagen clave, una contra-imagen a todas las que se agolpan en el ansioso anuncio del Cabildo: la imagen más auténtica canaria es la de un rebaño de cabras cortando el tráfico, donde un coche de alquiler está atrapado con una pareja guiri dentro, que no entiende nada y no ve nada romántico ni guay al rastro de mierda y olor que dejan las cabras, y siente que es una cortada de lote al flujo del turismo, a la necesidad de volar a toda prisa de un lugar a otro, sin parar, siempre registrando y viviendo cosas… Siempre enjacados, aburridos.
[1] Ver, por ejemplo: Diario de Mallorca, “Despreciar al turista de clase trabajadora porque gasta poco genera una injusticia”. Entrevista a Macià Blázquez. Diposible en:
[2] Fisher, Mark (2020) “Nadie está aburrido, todo es aburrido”. En: K-punk – vol. 2. Escritos reunidos e inéditos (música y política). Caja Negra, p. 418.
[3] Taussig, Michael (2004) “Boredom”. En: My Cocaine Museum. University of Chicago Press, pp. 59-68.
[4] Quesada, Alonso (1988) “El isleño se aburre emancipado” Insulario. Gobierno de Canarias. Santa Cruz de Tenerife. p. 136.
