Jue. Mar 5th, 2026

por Pablo Estévez.

[Con esta sección que he llamado Vaper Room, quiero aprovechar el espacio que da El Majado para presentar una serie de entradas que tienen en común el panorama actual canario, la cultura popular, la antropología del turismo y los pasitos de baile que damos ante este momento implosivo del capitalismo tardío]

El nuevo documental de Eduardo Cubillo, Rave Culture (2025), producido por Jonay Amador (dj Jonay), es un delirio sensorial, una narrativa frenética de una escena desaparecida que dejó su impronta en Canarias. El elenco de músicos, artistas y referentes es sobrecogedor y cada imagen de archivo te traslada a momentos únicos.
Todo sin que la música deje de sonar ni un solo segundo, lo que convierte lo visual en una gran cadena sonora.

El documental es una remezcla con matices sociohistóricos; una sesión con profundidad temporal que te va adentrando en cada recoveco de los temas que siempre se bailaron aquí, en las Islas.

Rave Culture quizá sea el mejor detalle elogioso a una experiencia social que no siempre fue entendida y valorada en la misma Gran Bretaña. El crítico musical Simon Reynolds, que escribió extensamente de esta escena, decía que el hardcore estaba marcado por los cambios en los efectos químicos de las drogas, haciendo del pánico su sello primordial (feel the panic!), lo que derivó en un “nihilismo juvenil”: “esta música se entiende mejor como un fenómeno neurológico, no como uno cultural” 1 , sentenció. Paul Gilroy, un sociólogo atento a la música negra en Gran Bretaña, también criticó que toda la carga política y social de la nueva escena se había esfumado: “Así pues, es la música electrónica de baile, casi siempre sin letra, en lugar del rap didáctico o el punk proselitista, la que ha dominado los últimos años. Su base tecnológica y sus condiciones metropolitanas subterráneas de existencia han promovido un hibridismo ordinario, que se ha mezclado con el consumo recreativo de drogas a una escala abrumadora (…) las ‘subculturas’ resultantes han perdido casi todo su cariz político” 2 .

El documental de Cubillo y Jonay muestra, no obstante, otra realidad. Reynolds habló del “hardcore continuum” para aglutinar toda una suerte de estilos formales (breakbeat, hardkore, speed-garage, 2-step) que pueden agruparse en lo que Jonay llama la “rave culture”, pero este continuo también lo es de las condiciones sociales y económicas que dieron pie a escenas anteriores y que son resaltadas por el documental. El punk, aunque parezca sorprendente, tiene varias concomitancias con la cultura rave: también partía de una apatía y del desencanto político que trajo el gobierno de Margaret Thatcher en Gran Bretaña. Ese contexto de exclusión social y de racismo no se evade en las condiciones metropolitanas subterráneas, sino que es parte de la historia de la conformación del hardcore continuum. Para muchos djs y mcs, el triste escenario de auge del fascismo en los ochenta, con el Frente Nacional patrullando las calles para que solo luzcan blancas, pudo ser contestado y en parte trascendido en el ámbito musical electrónico, un ámbito que seguía siendo en todas sus expresiones manifiestamente transcultural: la artesanía de crear un tema tenía aún mucho que ver con unos bajos que venían del reggae, con el toasting, con las cajas herederas del blues afroamericano o con referencias fílmicas clave para la identidad caribeña en la diáspora.


“Había la sensación de que nos querían echar de aquí”, cuenta Fabio, dj británico de origen afrocaribeño y todo un referente de la escena. El hincapié que hacen muchos testimonios en la cultura caribeña y en ese contexto excluyente racial y de clase británico es una parte importante para entender la reacción y la estrategia de Thatcher para acabar con la cultura rave. En parte, el consenso hegemónico que había logrado para articular políticas neoliberales tenía que ver con potenciar un tradicionalismo patriota, eficazmente aupado durante la guerra de las Malvinas. Ese nacionalismo y ese ideal racial se estaba disolviendo, como evidencia el documental, en las raves (ni las facciones futboleras se mantenían estables en las fiestas con éxtasis).
Es posible que la desarticulación de este movimiento tuviera que ver con el desplazamiento parcial de la escena a lugares como Tenerife. Simon ‘Bassline’ Smith cuenta que Tenerife fue de los primeros lugares del mundo en tener una escena rave. El “hardcore continuum” es, entonces, ―además de variable en estilos― geográfico. El hardcore llegó aquí con el turismo británico, y si bien hay grandes diferencias con el momento postindustrial del origen de ese turismo, había unas condiciones de existencia locales que nos permitieron entender esa nueva cultura diaspórica, hasta el punto de poder hacer nuestro parte de su contenido. Cuando dj Hype habla de que en su juventud la música era una de las dos salidas posibles (junto con el deporte) a las duras vivencias de barrio, creo que es algo que resuena fácilmente en una música que tuvo la conciencia de barrio en el centro en Canarias 3.


Pero hay algunos matices distintivos. El ritmo de consumo aquí no es el mismo que el de la metrópolis. La música tiene una tendencia más expansiva en el tiempo y no queda sepultada por el frenetismo de las pulsiones de consumo allá. ¿Es por eso que un documental sobre la cultura rave nace de una propuesta canaria y no de UK? ¿Y acaso no hay algo en la cultura canaria que ya preestablecía el gusto por esta música? Yo creo que sí y también pienso que el espacio de enclave turístico de finales de los ochenta y principios de los noventa fue un escenario delicado pero esencial para que esta transculturación funcionara, pero que esas condiciones ya no existen o se han complicado con la turistificación de los últimos años.
Investigando el sentido cultural del hardcore canario, quise aproximarme a la cultura turística del sur de Tenerife de esa época. Estos ex-turistas han creado, casi sin quererlo, un archivo impresionante de sus experiencias aquí en las redes sociales: fotos, vídeos textos y comentarios conforman un repositorio digital del pasado. Una vez leí cómo un perfil británico se lamentaba de que, tras su retorno a Tenerife tras veinte años de ausencia, el entramado turístico que lo acogió en los noventa se hubiera corporativizado: ya no había propietarios de bares y de hoteles reconocibles; los pubs son ahora cadenas de grandes empresas y el ocio es extremadamente comercial. Nada de espacios para experimentar con el hardcore y dejar que nativos vengan a la fiesta. Este comentario no es simple nostalgia por una época que pasó…

En los noventa, el sur de Tenerife era ya claramente turismo de masas artificial; neoliberal incluso, poco democrático y muy hostil con los nativos. Pero mantenía cierta lógica comunitaria (por eso habían tantas historias de canarios y canarias expulsadas de pubs y bares, porque habían códigos identitarios nacionales marcando el espacio: zonas entendidas como si fueran Inglaterra, aunque era Canarias). Era el mundo de John Palmer y el Time Sharing, un universo a lo Peaky Blinders con ropa guiri. Pero el sur y la isla entera han cambiado las pautas de turistificación. Los fondos de inversión compraron hoteles y clubs endeudados tras la crisis de 2008 y el turismo se expande ahora fuera del enclave, buscando nuevos nichos, pero manteniendo su carácter masivo.
La propiedad y el capital local se han desterritoralizado y todo es mucho más impersonal –y el poder que traza las jerarquías y desigualdades más omnipotente. No quiero para nada romantizar el turismo de masas ochentero y noventero, pero en su construcción los canarios y canarias aprovechamos ciertas migas, ciertos materiales sobrantes para autoconstruir nuestros propios barrios. Incluso ciertas músicas que nos resonaban profundamente por estar atravesadas por herencias coloniales y fabricadas bajo factores sociales que estaban en alguna equivalencia con nuestra propia pobreza y situación periférica.

El proceso de desmantelar lo social que iniciaron personajes como Thatcher se siente ahora con fuerza en la turistificación de Canarias: no hay un estado de bienestar, no hay ningún retén para el capital transnacional, no hay cuidado del territorio frente a empresas turísticas… El mar está contaminado; hay sobrepoblación y problemas de acceso a la vivienda graves, chabolas en el cinturón urbano del turismo y atascos que te roban la vida; sequía y una de las mayores tasas de pobreza de la UE. ¡Todo en un destino de éxito! No sólo es el desmantelamiento de lo político-social y del Estado herencia de gente como Thatcher (que tuvo su funeral de Estado), sino también lo que Stuart Hall nombró como su “modernización regresiva”4 , su tradicionalismo eufórico y racista actuando sobre unas lógicas capitalistas que destruyen la comunidad y destrozan el espacio público. Y parte de esa lógica también quiere acampar en Canarias, con la culpabilización de la migración y de la pobreza de un malestar que de momento mantiene su señalamiento al modelo turístico.

La teórica política Wendy Brown comenta que estas dos racionalidades, el neoliberalismo y las nuevas tendencias de la derecha dura, son aparentemente contrarias. Pero en verdad nacieron imbricadas: de las ruinas del neoliberalismo emergió un nuevo tipo de autoritarismo que ahora se expande. Brown dice que, al poner al Estado en cuestión y al ser dramáticamente antisociales y antipolíticos, los teóricos neoliberales tuvieron que relegar el orden social en la tradición5 . En lugares como Gran Bretaña y Estados Unidos (incluso en España) esto significó relegar toda una estructura social a tradiciones racistas y ampliamente cooptadas por la derecha. Sin embargo, esta explicación causal de la derechización nos puede decir algo de la resistencia canaria a acabar arrinconados en políticas de resentimiento y odio en las escalas masivas que vemos en Europa (a pesar de las grandes muestras de antipolítica posmoderna local de los partidos hegemónicos aquí y a pesar de los juegos afectuosos en altas esferas políticas con la ultraderecha; han sido los terrenos de la lucha canaria y del carnaval los que con mayor contundencia han plantado cara a trasnochados intentos de transculturar la tradición canaria con la exclusión racista): nuestra tradición aún guarda una memoria profunda del tipo de herencias culturales antirracistas que siguieron estables con el hardcore y que aún perduran.

Con el documental de Jonay y Cubillo aprendí a decir goosebumps (algo así como ‘piel de gallina’, o escalofríos, en inglés). Dj Hype dice que ese sentimiento no siempre está inducido por las drogas en las fiestas, sino que es un jeito natural. Hype cuenta esto desde la consciencia de su creatividad; de empezar de una manera muy ‘punk’, con los platos frente a la pared de su casa, sin público delante. Pienso que esto es algo básico de cualquier “cultura”, ese sentimiento inexplicable que no tiene que ver con nada espectacular, sino con la posibilidad de disfrutar con lo que más te gusta. Creo que esa tradición (tanto como la extensa categoría de la ‘tradición canaria’) y las legítimas formas culturales por donde se expande (como en este costado norteafricano del hardcore continuum) merecen la pena ser consideradas y entendidas con seriedad. Esta es la posibilidad que al menos yo quiero ver en el documental Rave Culture para resistir… en las ruinas de la turistificación.

Pies de página

  1. Reynolds, Simon (2024) Futuro-manía. Sueños electrónicos, máquinas deseantes y la música del
    mañana…hoy. Caja Negra. Buenos Aires, p. 132. ↩︎
  2. Gilroy, Paul (2002) There Ain’t no Black in the Union Jack: The Cultural Politics of Race and Nation.
    Segunda edición revisada. Routledge classics: London, p. XXIX. ↩︎
  3. Estévez, Pablo (2024) “El hardcore canario. ‘Notas isleñas’ sobre el turismo, la clase social y la
    identidad”. Bienmesabe.org. Disponible en: https://www.bienmesabe.org/noticia/2024/marzo/el-hardcore-canario-notas-islenas-sobre-el-turismo-la-clase-social-y-la-identidad-i ↩︎
  4. Hall, Stuart (2021) The Hard Road to Renewal: Thatcherism and the Crisis of the Left. Verso. London. ↩︎
  5. 5 Brown, Wendy (2021) En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en
    Occidente. Traficantes de sueños. Madrid. ↩︎

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