Las lombrices y el rostro de la estafa

“Nadie libera a nadie, ni nadie se libera sólo. Las personas se liberan en comunión.” Paulo Freire.

La Huerta Dignidá está en la Palma-Palmilla un distrito periférico de esos que mientras que muchas se pegaban la gran fiesta del pelotazo, del boom inmobiliario, de la venta de humo y de armas, del todo está en venta, el barrio ha servido como vertedero social para esconder todo aquello que no se quería ver, edificios apuntalados, chabolismo vertical, marginación y exclusión social a tutti plain. Antes de que arrasaran con todo para imponer definitivamente su modelo de capitalismo financiero globalizado, la ciudad de Málaga tuvo una cierta industria, especialmente famosa la relacionada con el textil. En la huerta encontramos a nuestro amigo P. es una de esas personas que sufrieron “la reconversión” del sector o también llamada deslocalización, desterrado al desempleo de por vida, actualmente habita un piso con lxs hijxs, sus suegros con problemas de salud, y su compañera, conviven con mucho menos de lo más mínimo, hace años que no viajan de vacaciones a ningún otro sitio más lejos de nuestra huerta.

Otra compa de pico y azada en la ruralidad urbana es M. que siempre pensó que no les faltarían empleos para poder ir tirando, antes podía consumir de forma normalizada, pagar su hipoteca, darse algunos caprichos como comprar un libro o ir al cine o al teatro. Ayer me acerque a la huerta a echarle el compost a las lombrices con ella, y algo se quebró en su voz al hablarme, no le salía del alma las palabras. Tras unos instantes de solemne llanto profundo pude alcanzar a escuchar su voz rota por el dolor de días sumida en el espanto ante una vida que no entiende y que se le hace demasiado cuesta arriba.

Se le había olvidado sellar en la oficina del control del desempleado (INEM). Haber recordado aquella cita habría podido significar la diferencia entre tener desahogo para poder comer o no comer. Se dice desde la antigua Roma que es propio de la persona humana errar mas en esta civilización algunos errores acaban directamente con el poder ser una humana. La sociedad parece dormir tranquila en una serie de normas a todas luces inhumanas. Serán leyes si pero son absolutamente injustas. Es de esta forma en que personas como M. interiorizan que su empobrecimiento extremo es culpa suya y no de un sistema que ha permitido impunemente que unos señores vayan con negras tarjetas a darse la gran vida y ella se tenga que apretar sádicamente el cinturón hasta doler y convertirlo en su propia soga. Recientemente se le ha estropeado el automóvil que era una de las herramientas de trabajo de su compañero un honrado autónomo que apenas cubre lo mínimo para pagarle al estado las cuotas de su auto-explotación. Ayer juntas interiorizamos y entendimos de forma emocional y profunda las consecuencias de lo que decimos en nuestros discursos de forma racional: EN LA LOCURA DEL CAPITALISMO NO HAY SALIDA, ni hay vuelta atrás. Somos sobrantes del capitalismo ya no nos quieren ni como mano de obra barata, ni como consumidoras. Somos el desperdicio del capitalismo, y nos tratan como basura. Comprendimos lo absurdo de aquellos que espetan gratuitamente frases del tipo: “Los pobres serían los que más se deberían mover”, “Tantos parados ¿y que están haciendo?”… M. me pregunta por el carnet de pobre, por Caritas, por como se las puede hacer para comer. Cuando el empobrecimiento aprieta tanto, tu cuerpo se constriñe, se siente una ansiedad paralizante que te bloquea, te convierte en estatua y tu mente se ahoga en una nebulosa de ideas sin forma concreta que no te llevan a ningún lado… Es el Shock de haber creído tener algo por un tiempo y ahora tener un ingente número de deudas, carencias y marrones varios. El espanto del esperpento de un mundo en el que creías y que se derrumba a marchas forzadas y si ni tú, ni nadie lo remedia tú con él.

Y lo peor la soledad, esa maldita soledad del empobrecimiento y las palabras las que no salen del atoro de la garganta o las que no se puede decir porque son un tabú social que no se quiere escuchar o las que ya no producen ningún efecto en una sociedad desposeída de su alma o al menos de unos valores solidarios. Maldito guerra en silencio, maldita sordera social. Mientras contemplo como las lombrices devoran felizmente los desperdicios, pienso en que en La Palma-Palmilla es una historia de cientos, más antigua que “la modernidad”. Algo en común a casi toda la gente empobrecida es que no hemos entendido la realidad, incluso la que creíamos entenderla al menos racionalmente, no la conseguíamos entender en lo más profundo de nuestro ser, ahora que lleva años tocándonos, más bien rajándonos, hasta las entraña la comprendemos pero nos deja los cuerpos bloqueados. Los discursos por arriba siguen igual que siempre: Crisis en Podemos, la eterna guerra, el machismo cabalgando a sus anchas, reformar lo irreformable, como gestionar esta fábrica de dolor humano, el eco-fascismo y el fascismo de siempre…

¿A qué sindicato se le ha ocurrido que sus sedes podrían ser comedores sociales? ¿Estamos construyendo sociedad en paralelo o no? ¿Generamos proyectos autogestionarios que den respuesta a las necesidades sociales o al menos a las de nuestros entornos más cercanos y directos? ¿Discutimos y encontramos soluciones sobre lo realmente vital en nuestras asambleas: el agua, la luz, nuestras viviendas, el transporte y la movilidad, los cuidados…? ¿Estamos sociabilizando nuestros recursos? ¿Somos parte de la comunidad con todas sus contradicciones o preservamos la pureza de nuestros egos? ¿De verdad ayudamos a que nuestra gente entienda lo que les está pasando? Si puede que haya alguna mínima salida o grieta será porque nos podamos contar con sinceridad quienes somos, como estamos, y podamos caminar juntas hacia algún lado diferente al que nos marcaron y del que ahora nos empujan, lanzándonos al abismo de la depresión. Es tarea de todas tejer comunidad para convertir la basura en compost.

 

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