La lluvia ausente

     No hay comida. Para nosotros no hay. La alacena ya se vació y no le queda, siquiera, un fisco de dignidad. Está reseca y despintada. Sus vetas se cuartean como queriendo llorar. Pero no hay agua para lágrimas. Solo le queda dolor. La alacena se muere solitaria. Pero yo no pienso perecer con ella. Los chinijos ya no juegan, apenas tienen fuerzas. El cielo azul se hizo eterno en esta isla sedienta. Otros sí comen. Nosotros ya no. Una vez más, no. Somos los invisibles, los fantasmas que se acercan hasta el puerto y se arremolinan en las sombras, esperando barco. Cualquiera que navegue desde la miseria hasta la pobreza.

     La lluvia se olvidó de nosotros y nos abandonó a nuestra suerte. Las tierras se cuartean y nos señalan el camino. Fuera. Fuera de la isla, si queremos sobrevivir. Y le hacemos caso a la tierra sabia y nos vamos, maldiciéndola, siguiendo la luz de los que se fueron antes.

     Encontraremos barco y hacinados en sus bodegas llegaremos a otra isla. Deambularemos por sus calles y sus plazas. Trabajaremos sus campos y serviremos sus mesas. Y cuando la vida se reconcilie con nosotros, cuando llueva agua y justicia, entonces volveremos a Fuerteventura.

Nota: durante los siglos XVI al XX, las islas de Lanzarote y Fuerteventura sufrieron periódicas sequías que trajeron hambre, desesperación, emigración y muerte a sus habitantes. Miles de personas murieron y otras miles se desplazaron hacia otras islas (sobre todo Gran Canaria y Tenerife), donde deambulaban por calles y plazas en busca de alimento.

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